Se gesta en la población un sentimiento de incertidumbre y hasta de temor ante los experimentos a los cuales se quiere someter al país
No está siendo nada fácil que las bancadas parlamentarias representadas en la Cámara de Diputados se pongan de acuerdo en torno de la agenda de sus deliberaciones sobre las autonomías regionales, la elección directa de prefectos, la Asamblea Constituyente y la Ley de Hidrocarburos, al punto de que versiones periodísticas procedentes de la sede de gobierno al respecto, son contradictorias desde que unas sostienen que los dos primeros temas merecerán prioridad en el debate, mientras que otras señalan que se dará preferencia a la Constituyente y unas más que afirman que ese cuerpo legislativo dedicará sus sesiones matinales a la propuesta autonómica y las vespertinas a la ya bastante demorada norma hidrocarburífera, dejando de tal forma virtualmente a un lado la consideración del evento llamado a elaborar una nueva carta fundamental.
Por otra parte, tampoco existe ambiente favorable para que el recientemente nombrado delegado presidencial encargado de la coordinación de labores entre el Ejecutivo y el Congreso pueda iniciar su gestión. Al contrario, tanto en Diputados como en el Senado toma cuerpo la posición de que a sus titulares sólo les corresponde dialogar con el Primer Mandatario acerca de las cuestiones anotadas, de modo de salvaguardar la independencia de los órganos del Estado, poniéndose así de manifiesto esa inclinación parlamentaria a desestimar cualquier iniciativa tendente al encuentro y la concertación.
Sin embargo de este contexto poco alentador, el renovado Comité Pro Santa Cruz continúa con su acción propia en favor de las autonomías regionales, entretanto que en el resto de los distritos predomina la desorientación, excepción hecha de algunos que la respaldaron desde el principio, aunque con ciertas salvedades, o que van hacia ella después de haberla rechazado originalmente, como parece ser el caso de Chuquisaca.
Si este es el cuadro que pintan los sectores de la sociedad que debieran servir de guías y mentores del conjunto de la población de cara a asuntos tan delicados y trascendentales, fácil es deducir lo que ocurre en el seno de esta última, donde se gesta un sentimiento de incertidumbre y hasta de temor ante los experimentos a los cuales se quiere someter al país, en vista de su inconsistencia y de la precipitación y ausencia de seriedad que ostentan los liderazgos en función pública actual, sin empero descuidarse de disimularlo adoptando posturas formalistas y discursos grandilocuentes.
Tan es así que surgen voces que creen --no sin razón-- que la Constituyente a nada bueno conducirá, basándose en los resultados del referéndum sobre el gas, y que una Ley de Hidrocarburos como la concebida por la Comisión de Desarrollo Económico de la Cámara baja, únicamente servirá para ahuyentar a la inversión extranjera.
En el embrollo, lo único rescatable de la evidente hojarasca quizá sea el pedido generalizado de una mayor descentralización política, administrativa y económica de la República y la aprobación de una norma racional y realista para el mejor aprovechamiento de su riqueza petrolífera.