Definitivamente, algo se tenía que hacer en materia de hidrocarburos, ya que no era justo que mientras el petróleo subía constantemente de precio en el mercado internacional, el del gas boliviano se mantenga invariable y el pueblo se moría de hambre.
Había varias opciones y para elegir una y llevarla a la práctica, era imprescindible un gobierno fuerte de gran respaldo popular. Cualquiera que hubiera sido la opción elegida por los anteriores gobiernos, no hubiera progresado, sencillamente porque las organizaciones sociales, agrupadas bajo el liderazgo de Evo Morales, la hubieran bloqueado.
El nuevo gobierno, respaldado por el resultado de las elecciones de diciembre y a pocos meses de administrar el Estado, dictó el decreto que llamó de nacionalización de los hidrocarburos; decisión que, como no podía ser de otra manera, motivó diversas reacciones, tanto dentro como especialmente fuera de Bolivia.
Que de inmediato mejorarán los ingresos del Tesoro, es evidente, como lo es también el hecho de que la seriedad de Bolivia, la seguridad jurídica y la confianza de los inversionistas, se ha deteriorado seriamente y así lo confirma la prensa extranjera.
A pesar de todo, nadie puede, racionalmente, estar en contra del fondo de la medida. El cuestionamiento es a la forma. El periódico norteamericano The Wall Street Journal y otros de similar importancia como el Financial Times británico, coincidieron en afirmar que no fue casualidad que la medida adoptada por el mandatario boliviano, se hubiera tomado inmediatamente después de la reunión tripartita en La Habana con Fidel Castro y Hugo Chávez. Por su parte, la prensa brasileña asegura que mientras Lula dormía tranquilo considerándose un gran líder latinoamericano, recibió una patada de sus "amigos" Chávez y Morales. Similar sensación tuvo el gobierno español, aunque todos, sin excepción, pusieron buena cara en las fotografías.
En todo caso, todo está hecho y no hay paso atrás. Lo único que queda es tratar de mejorar las relaciones internacionales, seriamente afectadas, bajo la premisa de respetar a todos y cada uno de los países del mundo, puesto que no hay razón que justifique enfrentamiento con alguno en particular. Simultáneamente, hay que tener presente que en esta era de globalización, cuya existencia y vigencia no depende de nosotros, es importante universalizar las relaciones internacionales tratando de ser consecuentes. Las diferencias ideológicas, no deberían afectar las posibilidades de hacer negocios de beneficio colectivo.
Bolivia es un país hermoso precisamente por la diversidad que empieza por la naturaleza. Se nos conoce como el país del altiplano, como nos califican algunos por ignorancia, porque pudiéramos ser también calificados como el país de los llanos o de los valles. Tenemos de todo y la diversidad de razas, que debería ser motivo de orgullo, resulta ahora causa de confrontación. Hubiera que empezar analizando de donde procede en realidad la verdadera exclusión. Ha llegado el momento de escoger entre dos opciones: la lucha de clases y de regiones o el llamado a la paz y a la unión. Ojalá seamos capaces de elegir la segunda y empecemos por cambiar de mensaje, porque el pregonado cambio tiene que ser para bien y no para mal.
El descubrimiento de hidrocarburos en suelo boliviano, tiene que ser considerado como una bendición y no como un motivo de permanente confrontación y mucho menos como bandera de lucha para ser utilizada por intereses foráneos.
Definitivamente, en materia de hidrocarburos, algo había que hacer y se hizo. Lo importante ahora es evitar que crezca la desconfianza en Bolivia y para ello es necesario un acercamiento con los países afectados, que han empezado a buscar a cualquier costo otras opciones. Basta citar como ejemplo que Repsol, la petrolera hispano-argentina, invertirá este año en Brasil 245 millones de dólares, suma de la que el 65% se destinará a la exploración y producción. Repsol tiene concesiones para explorar y producir petróleo y gas en 25 áreas brasileñas. El tema invita a serena meditación.