Amaos los unos a los otros y al prójimo como a sí mismos. Éste es, como tantos, un deseo maravilloso que a estas alturas sólo cabe en la utopía comunitaria religiosa, en la ingenuidad de esos corazones asistentes al ritual lacrimógeno del ex cine porno, converso él mismo en templo postmoderno del cristianismo actual. Porque siendo un deseo tan general, tan amplio, tan ambicioso y democrático, es también manipulable al antojo del portador. Debe ser precisamente ésa la razón que llevó a las mujeres a obedecer una suerte de tergiversación de ese mandato amoroso porque desde entonces ellas asumieron el deber de amar al prójimo, no como a sí mismas, sino más que a sí mismas. De allí que el suyo sea, digamos, un corazón colectivo.
Pero ésta no es una confesión martirizante, sino una evidencia expresada esta vez por Silvia Lazarte, madre, matriarca y ahora matrona de ese parto nacional llamado Asamblea Constituyente. Porque a falta de todo, como dice la canción, Silvia vino a ofrecer su corazón. Y eso, señores, no es poca cosa. Silvia introdujo así un discurso amoroso allí donde los amores no caben. Porque el espacio político es masculino y es machista y de eso saben precisamente las organizaciones de mujeres, como lo dijo la propia Silvia en su discurso inaugural. Si así no fuese, ni su presencia, ni su discurso ni este texto tendrían sentido.
Porque aún o precisamente siendo discriminadas en el ámbito político, ellas están dispuestas a asumir un desafío mucho mayor que aquella mezquindad de la pulseta intelectual: permitir el diálogo, el acuerdo que haga posible el parto final. Eso es lo que finalmente dijo Silvia Lazarte empuñando la mano, señalando el corazón, con tal lucidez que parecía más bien fluir de la intuición. De esa vocación conciliadora tan parecida a eso de amar al prójimo más que a sí misma.
Y nunca más bienvenida que ahora la presencia femenina en este escenario beligerante, terco como una mula. Así, habrá que reconocer que el presidente Morales echa una de cal y otra de arena. Porque si él va al ataque, en la otra mano trae a Silvia que, sin embargo, se desprende de esa tutela patriarcal -no sé si política- y no sólo brinca sola esa triple barrera social -mujer, indígena y pobre- sino que la usa poniéndola al frente como su mayor capital político.
Por eso Silvia Lazarte sorprendió. Porque en este país que ha decidido finalmente cambiar de piel, probablemente ella era, en el mejor de los casos, un signo de interrogación, como tantos otros en estos años de sobresaltos indigenistas. Tal vez estoy siendo demasiado optimista, pero Silvia me ha devuelto el aire, cuando menos para cruzar al otro lado del río, porque no cualquiera es capaz de traducir, como lo hizo ella, la capacidad de un corazón hembra en tiempos de cólera.
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