En la cancha de pasto Evo Morales no lo hace mal. Al contrario: varios filósofos del fútbol nacional afirman que no puede sino cosechar victorias con las estrellas del balompié que el presidente cocalero logró atraer a su equipo. De todas maneras tiene que ser más fácil meter un gol en el campo de juego que lograr un goooool en la arena política. Primero, porque más que sobre arena la pugna se da en medio del fango ético. Segundo, porque hoy Morales tiene conciencia de que con pelota es otra cosa esto de ejercer en el Gobierno.
Tercero, porque hoy de forma particular se juegan visiones muy distintas de lo que buscamos como sociedad. Cuarto, por las malas lenguas. ¿Y qué son estas malas lenguas? Pues lo que separa una crítica malintencionada u ociosa de una fundamentada y con el sello de la sana voluntad. Desde nuestro punto de vista, el Gobierno indígena (vamos, admitamos que, en gran medida, lo es) de Evo Morales tiene que despertar nuestra atención. Al mismo tiempo tenemos el derecho de estar en permanente vigilia frente a un gobierno histórico. La razón no es que Evo Morales intente hacer de Superman, como lo ha sugerido recientemente alguna caricatura en el periódico.
Entre las explicaciones más relevantes está que por primera vez en la historia tenemos un Gobierno con un porcentaje contundente en votación, con un componente indígena tan interesante en términos de Quispes y Mamanis en el poder político como en términos de lecturas de lo que se quiere construir o destruir. El giro tanto de los actores políticos como de la forma de ejercer la política ha sido tan violento como la salida de Sánchez de Lozada del país. Sobre esta base hay que admitir que la Bolivia del año 2006 se quiere otra reconociendo al mismo tiempo lo más profundo de su "ser yo", de su identidad, volcando estructuras de dominación y de colonialismo. Sobre esta base se puede sintonizar o no con lo que Evo Morales representa en tanto que nuevo capítulo de la historia boliviana.
Creemos entonces que, dejando de lado nuestro color partidario, nuestro color ideológico o nuestro color de piel, sí se vale criticar políticas concretas de determinados ministerios que han carecido de estrategia o de inteligencia al momento de llevar una política y no se vale descalificar a un ministro o una ministra porque no haya estudiado, porque lleve pollera, porque apellide Patzi o Choquehuanca, porque no hable correctamente el castellano o porque se reivindique originario. Sí se vale sentir cansancio después de un discurso de horas del Presidente y decirlo en voz alta y no se vale pedirle a Evo gestos de señorito diplomático y señalarle con nuestro dedo más injusto cuando él confiesa en una entrevista que se queda con hambre después de un cóctel. Sí vale dudar de la modestia de un Morales Ayma que impulsa que tanto su casa como su lugar de nacimiento sean convertidos en patrimonios nacionales en lugar de dar prisa a tantas prioridades harto más serias para la población; no se vale burlarse con despreio de lo indígena reduciendo este momento a una "moda" cuando la última historia ha demostrado que estamos ante procesos sociales y no ante la llegada repentina e inmaculada de los excluidos a la alfombra de las decisiones. Así, evistas y anti-evistas estamos llamados a sustentar nuestras apreciaciones con razonamientos limpios de prejuicios y no, como dice aquella canción, con "pasiones diagonales".