El 11 de octubre de 2001, la comunidad de Puituri, uno más de los muchos caseríos perdidos en el altiplano potosino, se estremeció con la noticia de la muerte de Elías Mitha Calani, presidente del Comité de Vigilancia del municipio de Tinquipaya y seguro candidato del Movimiento Al Socialismo (MAS) para diputado de la circunscripción 38.
Las referencias de su muerte eran estremecedoras: primero fue apuñalado, después se le golpeó en el rostro con el mango de una picota y, finalmente, su cabeza fue aplastada con un bloque de sal.
Mientras la gente de Tinquipaya, el municipio con menor índice de desarrollo humano en el país, no salía de su estupefacción, un matrimonio de campesinos, Noel Secko e Hilaria Alberto, se presentaba ante la Policía confesando su culpabilidad en ese homicidio.
Ya en el juicio oral que se les siguió a ambos se confirmó que, en efecto, Mitha era el líder natural de los campesinos de Tinquipaya pero, al mismo tiempo, se supo que había sometido a varias comunidades a un régimen de terror que, lejos de deteriorar su ascendencia sobre sus paisanos, la había consolidado.
Robusto y de gran tamaño, Elías Mitha era un campesino que caminaba con un revólver al cinto y en algunas ocasiones portaba un rifle. En el juicio se dijo que había matado a una mujer pero nunca fue castigado por ello. La justicia actuó contra él sólo cuando asesinó a su primo pero logró escapar de la cárcel de Tinquipaya y la jueza que lo condenó, Nelma Tito, tuvo que dejar el lugar porque fue amenazada de muerte.
Sintiéndose lejos del alcance de la justicia y respaldado por sus "bases" del MAS -en el proceso se supo que los campesinos de su comunidad lo acompañaban a todo lugar, en una especie de séquito-, Mitha volvió a cometer abusos y violaba impunemente a las mujeres del área dispersa. El 11 de octubre de 2001 llegó hasta la choza de Alberto Secko y, aprovechando su ausencia, forzó sexualmente a su esposa pero fue sorprendido por el marido quien inicialmente lo apuñaló por la espalda y luego, para evitar que el atacante reaccione, lo golpeó con el mango de una picota. Enajenada, la mujer lo remató con un bloque de sal.
Debido a las circunstancias que rodearon el hecho, la justicia sentenció a ambos esposos a la pena de dos años de cárcel y, tras obtener el perdón judicial, se fueron de Potosí con rumbo desconocido.
A raíz de esta historia, los potosinos que vivimos en la capital de Departamento supimos que el MAS había logrado capturar por la fuerza a una enorme masa votante en el área rural. Tinquipaya fue uno de sus feudos y, tras perderlo en las últimas elecciones municipales, movilizó a los campesinos para recuperarlo por la fuerza.
No tengo nada en contra del MAS pero sí tengo razones para sospechar que uno de los elementos que configuraron su rotundo triunfo en las elecciones de diciembre fue el control que ejerce sobre varias comunidades campesinas.
El MAS se basa en liderazgos, quizás no tan extremos como el que ejerció Elías Mitha pero sí con una innegable dosis de verticalismo. Tengo informes en el sentido de que el manejo democrático de este partido está teatralizado; es decir, se apoya en las resoluciones de asambleas cuyas resoluciones están acordadas de antemano.
Recordé todos estos detalles al saber que el presidente Evo Morales fue reelegido dirigente de los cocaleros del Chapare.
No me preocupa tanto el hecho de que los bolivianos que no somos cocaleros nos sentiremos en inferioridad de condiciones respecto a estos -ya que su líder es el mismísimo Jefe de Estado- sino los síntomas de autoritarismo que percibo en el nuevo gobierno y que, a mi pesar, me traen a la memoria el caso del feroz Elías Mitha y su deplorable muerte.