Corpulento, con su tronco de matices blanquecinos y grises, y sus hojas que en el otoño amarillean y caen al piso, este ejemplar puede ser toda una tentación para los artistas plásticos, especialmente acuarelistas que buscan plasmar en el papel transparencias luminosas y acuátiles.
El hermoso álamo que es la referencia más elocuente del restaurante Savarín, en El Prado cochabambino, es el testigo silencioso, uno de los últimos vestigios de lo que era la tradicional Alameda de principios del siglo XX, cuando este era un paseo de paz bucólica y aldeana, mucho antes de la llegada ruidosa del automóvil, que luego cambiaría no sólo la vida urbana sino también la concepción de los planificadores de la expansión de la ciudad. El criterio "modernizador" de los técnicos municipales acabó priorizando los espacios para los motorizados y relegando los derechos de ciclistas y peatones. Los árboles están entre las principales víctimas del "progreso" que avanza arrollador, vanguardizado por topadoras, hachas y motosierras.
Le calculan una edad de al menos 60 años, pero nadie pudo encontrar su certificado de nacimiento. En los años 60, cuando Octavio Camacho fundó el Savarín, que ahora es el restaurante más antiguo y tradicional de El Prado, ya los parroquianos disfrutaban de gratos encuentros auspiciados por su sombra verde. El álamo es la única especie forestal, árbol salicáceo típico de climas templados, cuyas hojas aplauden cuando el viento pasa por su fronda. No sabemos a ciencia cierta si es el viento el que las hace aplaudir o si aplauden con la más natural espontaneidad para saludar el paso del viento.
Los borrachos que quieren atribuirse méritos conjeturan que este álamo desarrolló de manera espléndida gracias a la urea de su riego constante y pertinaz. Lo cierto es que el álamo tiene una estirpe biológica echa para resistir humedades altas, incluidos los profusos chorros de los bebedores de cerveza. Su fuerza de supervivencia y la majestad de su estatura, también han debido conjurar, más de una vez, la mirada torva de los arboricidas que ven en un árbol apenas un montón de leña para ser negociado y no el símbolo cabalístico de la vida y el universo.
Por algo, Man Césped, ese inspirado poeta cochabambino cuyas musas se nutrían de las cosas más simples y bellas, dijo que el Hermano Árbol era "un esteta maravilloso. Estoico sublime. Poeta de su poesía. Filósofo del silencio".
Un filósofo del silencio en medio del hoy bullicioso paseo de El Prado, que quizá atesora en su memoria los mejores recuerdos de la "bella época" cochabambina.
Melo Camacho, heredero del Savarín, ha advertido que con sólo notar una mirada torcida sobre el álamo, sacará el trabuco que le legaron sus lejanos antepasados oriundos de Vallegrande. Bien hecho. Sería inadmisible que alguien pretenda quitarnos el último refugio arbóreo que tenemos en El Prado los parroquianos nostálgicos. Parroquianos que contemplan con una mezcla de azoro e impotencia el formidable cambalache que hoy nos ha tocado vivir, con toda una secuela de perversiones y aberraciones perpetradas en nombre del "progreso".
A Savarín, viejo y sabio sibarita francés, también le hubiera gustado almorzar bajo un álamo rumoroso.