Los intelectuales del país son un grupo bastante curioso, cuando se sienten incluidos dentro la palabrita mágica "intelectual" un cosquilleo del ego les hace estremecer frente a sus computadoras, su autoestima mejora y con natural soberbia nos miran a todos los demás con un compasivo desdén. Este grupo se niega sistemáticamente a aceptar que sus categorías de análisis están seriamente cuestionadas por los hechos y se ha dedicado en los últimos días a llenar las columnas de los periódicos con sus sabias sentencias, dictan cátedra desde sus cómodas poltronas y anatematizan a la irracionalidad campeante en los sectores populares, no entra en sus cabecitas bien peinadas que sus dogmas sean cuestionados, que su manera de vivir la civilización no pueda ser asimilada por todos los demás como la única posible racionalmente.
Este sector intelectual, haciendo ejercicio de un platonismo barato, construyó su Bolivia ideal alejada de esta realidad, una Bolivia que pudo parecerse sucesivamente a París, Moscú, Miami o Nueva York, y para la cual ésta en la que vivimos no es sino un reflejo, sombra o espectro horrible que debemos superar para alcanzar la Bolivia verdadera, la que está más allá de todo el desastre en que vivimos y del que dicen que somos culpables los de la masa irracional.
Para ellos Bolivia debería ser un país donde toda la gente ejerza su participación en la vida política votando educadamente cada cierto número de años y que luego de esta breve práctica catártica delegue en los políticos de carrera y experiencia la conducción del país y no se le pase por la cabeza la posibilidad de seguir interviniendo. Nada de esas primitivas e incivilizadas maneras de participación como marchas, bloqueos o huelgas el hambre, el desempleo o la frustración no existen son espejismos que nos impiden alcanzar la verdadera noción de bienestar. Sólo la democracia, la del voto, nos acercaría a la perfección conducidos además por el virtuosísimo grupo de políticos profesionales que tanto esfuerzo ha costado construir. Políticos que están embarcados además en un impresionante ejercicio ascético de lucha contra sus materiales imperfecciones congénitas concebidas a la sombra del estado corrupto y dictatorial de la desfigurada "Revolución Nacional" y regímenes que le siguieron cronológica y miméticamen e.
Para ellos Bolivia debería ser un país donde toda la gente sonría y sea bonita, donde todos hablemos el mismo idioma y marchemos de manera uniforme cantando la marsellesa o la internacional. Nada del horror de hordas de indios vociferantes marchando por la ciudad y mineros mesmerizados dispuestos a cobrarse siglos de humillación. Nada de dividir al país llenándolo de dialectos en vías de extinción. Nada de culturas indígenas a menos que se reduzcan al folklore y atraigan la curiosidad de los turistas livianos, extranjeros y bolivianos, de esos que creen que se sumergen en una cultura colocándose un lluchu, usan un bolso de aguayo y se fotografían junto a una llama.
Para ellos muchas cosas más debería ser Bolivia. Y en realidad el peligro que sí debiera evitarse es la miopía intelectual que pretende no distinguir en los conflictos por los que acaba de pasar el país los síntomas de un problema estructural tan profundo como antiguo y pretender que no ha pasado nada que todo ha sido fruto de unos cuantos agitadores locos y resentidos y pretender también que sigamos usando los medios de concertación de que dispone la democracia de la misma manera embustera.
El desafío está planteado y si la democracia falla para resolver el auténtico problema de injusticia del país de la misma manera que ha fallado hasta hoy no lamentemos después que, ya sea viniendo de un de un extremo u otro del espectro político, ya está democracia no sólo quede vacía de contenido sino quede destruida también en su forma. Lo que no es tan grave si nos ponemos a pensar que la democracia no es el fin, el fin es la persona y miles de personas que ahora están peleando para que a sus hijos e hijas les quede otro destino que hacerse jardineros o empleadas domésticas.
El autor es jesuita, estudia bioética en Barcelona