El nuevo descubrimiento de 125 cuentas secretas que el ex dictador Augusto Pinochet tenía en la banca norteamericana para el movimiento de un monto todavía no precisado de millones de dólares a partir de 1980, es decir siete años después de que se hiciera del poder a través un sangriento golpe de Estado en el vecino Chile, es una prueba más de las malandanzas del hoy octogenario militar, así como motivo de vergüenza entre quienes creyeron en su honorabilidad y le siguen confiriendo el título de artífice de lo que hoy es su país en materia de desarrollo económico y bienestar social.
Peor todavía, el personaje en cuestión dejó de tributar a las arcas fiscales chilenas el mismo año, por lo que le adeuda la friolera de 17 millones de dólares, aunque en este caso podría librarse de acciones de cobranza por prescripción.
Ello, al margen de las causas que se le sigue por atentados contra los derechos humanos durante su prolongada, discrecional y férrea permanencia en la casa de gobierno de Santiago.
En la otra cara de la medalla, el presidente cubano Fidel Castro acaba de figurar en una publicación especializada de los Estados Unidos como uno de los hombres más ricos del hemisferio, en franco contraste con su prédica revolucionaria en la isla caribeña.
Poder y dinero --corrupción mediante-- son por lo que se ve elementos que hacen la regla en nuestras pobres naciones.