Bolivia empezó a vivir desde 2000 una crisis de identidad y también un diseño paulatino y traumático de la identidad deseada. Parafraseando a Octavio Paz: por virtud de una secuela de conflictos emblemáticos (abril y septiembre de 2000, febrero y octubre de 2003 y mayo-junio de 2005), las facciones del país se alteran en un nuevo rostro. En significación y definición histórica. La tempestad social finalmente nos mostró que tenía un rumbo.
Hoy no es ayer, aunque el futuro ya se inauguró en el pasado. ¿Qué está mudando? De un Estado centralista, neoliberal y señorial estamos transitando -no sin sobresaltos ni conjuras, en el dintel mismo del abismo- a un Estado autonómico, nacionalista y popular-indígena. O sea, se trata de un salto cualitativo mayúsculo: no sólo muda la piel, sino el alma del país.
Dejaremos atrás un Estado que buscaba concentrar el poder y donde prefectos y diputados eran la correa de mando de un Presidente Supremo, a rebajarle el poder al Estado para repartirlo en departamentos y municipios, y elegir directamente diputados (uninominales), alcaldes y prefectos con renovadas competencias. Pasamos de la democracia de los jefes partidarios a la de los ciudadanos, donde cada boliviano va a las urnas para tomar más decisiones sobre una mayor cantidad de asuntos claves. Esto también implica un cambio en la cultura política: dejamos de pensarnos como súbditos para asumirnos como partícipes plenos del ámbito público.
El neoliberalismo, que hace un alto y se cuestiona en el Gobierno de Carlos Mesa, empieza a ser desterrado en el de Evo Morales con medidas decisivas: Nacionalización de los Hidrocarburos (y anuncian otras: tierras, recursos forestales, agua, minerales) y derogación del artículo 55 del D.S. 21060 con el propósito de garantizar la estabilidad laboral. Y cambio de eje: no más la primacía del mercado, sino protagonismo del Estado. La brújula también cambia de norte: no permitir más operar un laissez faire desbocado a favor de intereses y ganancias, ni de las multinacionales ni de las empresas nacionales (caso transportistas), como si Bolivia fuera una tierra para pocos, sino reasumir el papel del Estado como servicio público, sobre todo, en apoyo de los excluidos.
El señorialismo… lo indígena, lenta, pero inexorablemente, empezó su incursión en el poder estatal (primero fue Víctor Hugo Cárdenas en la Vicepresidencia y luego Evo Morales en la Presidencia). Y a cambiarle su rostro y su ser. Dejamos de ser un Estado negado. O sea, ciego ante su realidad más profunda, divorciado con su población mayoritaria y que rechazó su raíz, legado y pasado indígenas. Lo cobrizo siempre estuvo excluido en la definición de la complejidad nacional. Nos deseábamos ajenos, nos pensamos desde la proa de las carabelas. Hoy vivimos un momento de irradiación indígena, salió del eclipse histórico y toma el horizonte nacional. Fuimos flor mutilada, ahora todos los pétalos se muestran, es cierto que también surgen chispas y rugidos, pero brota la posibilidad de reencontrarnos en el humanismo, de sentirnos fraternos en una existencia compartida.
Amin Maalouf escribe que "cuando aparecen realidades nuevas, hemos de reconsiderar nuestras actitudes, nuestros hábitos; a veces, cuando esas realidades se presentan con gran rapidez, nuestra mentalidad se queda rezagada, y resulta así que tratamos de extinguir los incendios rociándolos con productos inflamables". El peligro y el reto es no caer en el rezago, más bien acompañar una mutación que viene desde abajo y tiene la voz de todos, entretejida en los velos del tiempo, para encontrarnos con nuestra conciencia y con un presente sabor a futuro.
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