Muchas personas leídas conocen la obra del académico de la Lengua, Fernando Lázaro Carreter, titulada "El Dardo en la Palabra". El autor es un maestro en el complejo arte de combinar el rigor purista e inamovible del rico léxico castellano, con la innovación de palabras que se imponen en el uso común con una persistencia inevitable. El idioma se enriquece, aunque a veces se envilece.
Pues bien, si me permití robarle a Don Fernando el título de su obra no fue para seguir tratando cuestiones lingüísticas, sino por otro motivo de mucha mayor preocupación. Me refiero aquí al uso de la palabra para mentir, difamar, calumniar, desinformar descalificar a quien se quiere mellar su bien ganado prestigio. Es decir, el dardo de la palabra envenenada, maledicente, mentirosa, difamante y vejatoria.
En efecto, distintos medios de prensa independientes se han hecho eco de la destitución arbitraria del Presidente Ejecutivo del Servicio Nacional de Caminos. El propio Presidente de la República ha descendido al feo ejercicio de propalar denuncias contra un digno y eficiente alto funcionario. Y también contra los bananeros del Chapare, llamándoles narcotraficantes, y achacando a no se sabe quiénes el montaje de un complot contra el mandatario. Y más...
Pero la denuncia venenosa e improbada contiene en sí misma su propia maldición: el descrédito de quien la pronuncia, y aún más, si se mofa de las pruebas que no presenta. ¿Quién confiará en quien procede con tanta desconsideración a la verdad y al respeto al prójimo y a sí mismo? Todavía peor. El mal que ocasiona la falsa acusación crece en la medida en que, una vez lanzada la denuncia, "algo queda", dicen que decía el viperino Voltaire. La moral exige la rectificación, que se restituya la honorabilidad vulnerada. ¿Podemos esperar este milagro? El milagro debería hacerlo la Administración de la Justicia. Pero sin acepción de personas.
Algo más. Cualquier aprendiz a jefe, desde el scout al político y otros muchos, sabe que uno de los méritos que debe ganarse es la confianza de quienes pretende que le obedezcan. La credibilidad exige el rigor de la verdad a la luz del día. El jefe debe inspirar confianza y cuidarla como oro en paño. Sabe también que, una vez perdida la credibilidad resulta muy difícil recuperarla.
Y lo que aquí se dice en el orden personal o nacional, hay que extenderlo a nivel internacional. Es cierto que la relación política en casi todas partes está emponzoñada por el engaño y la mala fe. Así le ha ido al este mundo en el curso de su larga historia. Al otro lado de la medalla, los grandes tratadistas del llamado Derecho de Gentes ya enseñaban que las buenas relaciones internacionales, tanto políticas como comerciales y culturales, es decir, lo que llamamos paz y cooperación, sólo se logran a través de la confianza mutua y de la "bona fide". Cuando un país --o sus mandatarios-- no es confiable se le aplica el nuevo término anglomorfo de "riesgo país". ¿Habría aceptado esta palabreja el tolerante Lázaro Carreter? Es un estigma que frena las inversiones e inhibe las ayudas generosas. Así que mejor es no jugar con las palabras envenenadas que pueden transformarse en parabólicos búmerangs que golpean a quien las arrojó.