"Es una mujer emprendedora que da mucho de sí para la institución de los canillitas y las personas en general. Tiene un espíritu de triunfadora". Así se expresa Edson Guevara, también canillita, quien la conoce desde hace más de dos décadas.
Se refiere a Rosario Chulber Choque, o Charito, como la conocen todos y como a ella le gusta que la llamen. La encontramos el pasado martes en su puesto de trabajo pregonando los ejemplares de los periódicos locales, nacionales y el loto millonario.
Es invidente, contextura pequeña y sencilla. Con una voz suave, accede complacida a una entrevista, que se desarrolla con algunas interrupciones por los clientes que buscan los periódicos en el puesto ubicado en una esquina del pasaje Sucre y 25 de Mayo.
Generosa con su tiempo, comienza agradeciendo a los dueños de las empresas periodísticas por permitirle tener una fuente de trabajo. Pero como vende noticias que no puede leer, primero consulta al distribuidor, a algún compañero de trabajo vidente o a los clientes sobre el contenido de las noticias más sobresalientes. Entonces, las transmite a sus compradores.
"Agradezco que nos den trabajo a nosotros los no videntes. Cuando era joven trabajé de empleada gracias a mi tía Petrona que me enseñó a cocinar de todo", recuerda Charito con cariño y al mismo tiempo con tristeza.
Charito es muy activa. Pese a que es invidente, pregona sus periódicos desde hace más de dos décadas, relata su compañera de faena diaria, Ana Gamboa, quien la recuerda siempre "caminando solita", y cuando llega a una esquina pide el apoyo de alguien para que la ayude a cruzar la calle.
Nació en Potosí y a los 12 años sufrió la oscuridad en los ojos, una realidad que casi vuelve loca a su madre, quien hasta había tomado la decisión de irse de la casa.
"¡Para qué va a servir mi hija si está ciega!", había dicho su madre. Ésta es una de las penas que guarda Charito, al igual que la pérdida de su único hijo, cuando éste tenía tres años. Este doloroso momento resintió su corazón y decidió nunca más traer otro hijo al mundo, según confiesa.
Nuevamente, vuelve a recordar a su tía porque hasta ahora vive de su trabajo. "A veces me vendo todos los ejemplares (de los periódicos), pero otras no. Sin embargo, Dios me ayuda porque si no me trabajo, quién me va a alcanzar agua hervida siquiera", se pregunta a sí misma.
Cerca de las cinco y media de la mañana sale a tomar el trufi que la transporta desde Villa Israel hasta el centro de la ciudad. Pero esta salida no siempre es agradable, cuenta que el martes, como otras veces, un conductor del taxitrufi la dejó en una dirección equivocada.
"Esta mañana llegué tarde al puesto de venta por culpa del chofer. Le dije que me dejara en la calle Sucre y San Martín, pero no sé dónde me habrá llevado, creo que se hacen la burla", lamenta acotando que quiere ir a Tránsito a quejarse por esta mala conducta de algunos conductores.
Charito vive en la zona sur en una vivienda propia que comparte con su esposo, que en estos días está sin trabajo. Antes él estaba en la Policía, pero, desde que la PTJ se trasladó a la laguna Alalay, decidió dejarlo, cuenta. "Aunque no trabaja, pero por lo menos me hace compañía".
La jornada de trabajo continúa sin un horario establecido, depende de que logre vender los periódicos. Así la dejamos con el deseo de que la venta sea siempre mejor que ayer.
Se necesitan centros para invidentes
Charito asistió a una escuela de invidentes en la avenida América, donde aprendió a leer y escribir en Braille, pero también adquirió la confianza para desplazarse apoyada por un bastón. "Me daba vergüenza, no quería caminar con bastón", recuerda tímida, pero ahora con los años agradece porque le permite caminar sola por las calles.
Sobre la escuela, lamenta que ahora los invidentes mayores no tengan la oportunidad de ir a estudiar algún centro (el que ella frecuentaba se cerró), pese a la gran cantidad de ellos. Incluso dice tener una amiga que perdió la vista hace sólo dos años.
¿Por qué cierran estas instituciones a los mayores?, se pregunta y dice sentir dolor al conocer casos de personas que no saben dónde aprender a leer y escribir, como ella lo hizo.