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Cochabamba - Bolivia Domingo, 19 de marzo de 2006

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Los Miserables

Por:Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Se remonta el tema a principios de los años 70, a las clases de francés en la Alianza Francesa. La en apariencia trivial circunstancia de un niño estudiando lenguas extranjeras invoca un universo multifacético digno de ser recordado.

Bucólica Cochabamba de entonces, pero febril. Ni cuatro años pasaron desde la muerte de Ernesto Guevara. Los aceitunados -y aceitosos agentes de la DIC (Departamento de Investigación Criminal) aplastaban una guerrilla que tenía más ansias que esquemas. La plaza 14 de Septiembre todavía semejaba el centro de un pueblo grande. A mediodía repicaban las campanas y una blanca lechuza dormía entre el ramaje horizontal de los árboles.

En la Alianza, aparte de lecciones que inmortalizaron en la memoria infante la Place D"Italie, que en vivo -después- no era cosa mayor, pasaban extraños hombres viejos a sentarse a leer Paris-Match en los sillones de adentro, todos tan orondos y soberbios, mestizos remanentes de la Bolivia semi-feudal, educados en Francia y de aristocráticas ínfulas. Pasaba una hermosa mujer reidora, alborotados sus cabellos... ajustados jeans. Mis pupilas la seguían, de entrada y de salida, subiendo escalones de las gradas laterales, conversando en el dulce gorgoteo de su lengua madre. Se llamaba Elisabeth Michenot.

Los miércoles a las seis de la tarde había cine. Vimos con mi hermano Armando el Napoleón de Abel Gance, en francés y guiando nuestro entendimiento sólo con imágenes, que en idioma ajeno no nos habían alfabetizado aún. Y Los Miserables, que (ahora sé) dirigió Raymond Bernard (1934), cinta de la cual guardé por tres décadas el nombre del actor: Harry Baur. Con él y allí mismo vi otra preciosa película en blanco y negro que quisiera creer era de Julien Duvivier pero cuyo director desconozco en realidad: La muerte de Papá Noel o ¿Quién mató a Papá Noel? Sería sencillo ajustar el teclado y hallar las respuestas en la computadora pero eso destruiría cierta mística que el tiempo ha creado y que es tenue y sutil a la vez.

Se ha hecho multitud de versiones de la novela de Hugo; ninguna ha alcanzado la veracidad de aquella de Raymond Bernard. Se le pueden atribuir deficiencias de puesta en escena e incluso de excesivo melodrama en los papeles femeninos. Tal vez sus Fantine y Cossette eran así; sería la época. La tecnología actual nos ayuda a dilucidar problemas como los de escenario pero opaca a la fílmica anciana si no se equilibra los juicios críticos y se aprecia los logros en un contexto específico. A la versión de 1934 la ayudó la sólida presencia de un actor como Harry Baur; tenía la contextura ideal para encarnar a Jean Valjean. Javert, el perseguidor, también es preciso.

A pesar de los más de trescientos minutos de cinta, personajes como Gavroche carecen de suficiente espacio. Mas si consideramos el monumental libro original sería imposible aprehender toda la magnitud del mundo huguiano, donde hasta un simple candelabro o una cloaca forman historias completas y donde abundan los detalles cronológicos al lado de los anecdóticos. Recuerdo en Los Miserables la parte dedicada al Patrón Minette, la cuadrilla de delincuentes parisinos que interviene en las vidas de Valjean, Cossette, Thenardier y Mario. La riqueza del texto y su infinidad de huellas interesantes está casi ausente en el filme; hay una mención vaga del Patrón Minette en algunas tomas mientras que en Hugo se desgaja con profusión explicativa la existencia de cada uno de los cuatro sórdidos individuos que conformaban aquella sociedad criminal.

No hay bastante información acerca de Harry Baur. Hizo de Beethoven en un filme regular. Su vida tornóse trágica con la invasión nazi. Murió torturado a manos de la Gestapo. Les Misérables de Raymond Bernard (la vi en 1971, de nuevo el 2006) tuvo la magia de ingresarme a la novela. Sopena tenía una edición en rústica en dos tomos de excelente traducción y en ellos me sumergí; placer que he renovado repetidas veces. Como a otros el Quijote o Shakespeare, a mí Victor Hugo en Los Miserables. La riqueza del verbo cuando conforma en sí mismo una odisea.

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