Los israelíes valoran la vida de cada uno de sus ciudadanos, mientras que los árabes usan a sus hijos como carne de cañón, convirtiéndolos en escudos humanos y portadores de bombas suicidas, a cambio de dinero. Los conceptos humanistas judeocristianos que veneran la vida como manifestación de Dios, son irreconciliables con los del Islam que glorifican la muerte
Pretender que los gobiernos árabes combatan a los terroristas, es algo que no va a suceder, porque son los que los alientan y protegen. Si quisieran dar fin con ellos, ya hubiesen apresado a todos los extremistas, tal como hacen con sus opositores políticos o con los delincuentes comunes. Hay pocos jerarcas que intentan contener el fanatismo; el Rey Abdullah II de Jordania, Hosni Mubarak de Egipto y el Rey Mohammed VI de Marruecos, tal vez figuran entre algunos.
Los islamitas, unos de forma disimulada y otros con celebraciones callejeras, aplauden cada muerte de un cristiano o un judío después de un atentado. Disfrutan viendo cuando occidente se rinde, como en el caso de España o, llora como Gran Bretaña.
El fundamentalismo religioso o político no es combatible con la razón, la única manera de acabar con él es por la fuerza y para eso hay que trasladar el terror a los países que lo promueven, destruyendo todas sus células, arsenales y madrigueras, hasta que los aterrorizados sean los propios terroristas, así como los que los cobijan, los que los entrenan, los que los financian, los que los incitan y los que callan.
Obviando las falsas excusas políticas, como el asunto palestino, que no tiene asidero desde que Israel abandonó Gaza, ¿de dónde surge ese odio de los musulmanes a los demás?
Aparte de que los satánicos versos del Corán incitan a la violencia contra los infieles en casi cada página, una de las bases ideológicas sobre las que Al Qaeda, Hizbolá, Hamás y los demás grupos terroristas construyen su accionar, fue descrita por uno de sus loados pensadores, el pakistaní Abul-Ala al-Maudoodi hace más de 40 años. Su relato es el siguiente: "Cuando Dios hizo al hombre, creó todos sus requerimientos físicos y movimientos, sujetos a leyes biológicas ineludibles, pero decidió dejar sus necesidades y acciones espirituales, sociales y políticas a su voluntad. Rápidamente sin embargo, quedó claro que el hombre no puede manejar sus asuntos alejado de lo que Dios quiere. Entonces Dios decidió mandar emisarios para advertir al hombre y guiarlo por el camino correcto. Un total de 128.000 profetas fueron enviados, incluidos Moisés y Jesús. Todos ellos fracasaron. Finalmente, Dios envió a Mahoma como el último de sus profetas y el portavoz de su mensaje supremo; el Islam. Con el advenimiento del Islam, todas las religiones previas fueron abrogadas y sus seguidores fueron considerados infieles. Por tanto, el propósito de todo buen musulmán es convertir a la humanidad al Islam, que regula la vida espiritual, económica, social y política del hombre hasta el último detalle".
Esas ideas absolutistas contradicen los preceptos de la democracia representativa, que en los países más desarrollados ha separado religión y estado, permitiendo la irrestricta práctica de cultos, evitando la imposición y el fanatismo. Así, el individuo protegido por leyes que le otorgan libertad y cultivando el respeto al prójimo, puede desarrollar su espíritu y albergar sus propias ideas sin ofender ni hacer daño.
Como para los islamistas, democracia es mala palabra, el libre albedrío va contra las leyes de Alá y no ser mahometano es un pecado mortal, va a ser muy difícil que cambien de pensamiento y actitud en corto tiempo. En 1.300 años, los musulmanes no han experimentado ningún destellar de iluminismo como sucedió en Europa después de la inquisición y las cruzadas.
La represalia de Israel contra los asesinos terroristas, es el único camino que puede tomar occidente si quiere sobrevivir. El mundo civilizado no puede someterse al oscurantismo medieval. Los israelíes valoran la vida de cada uno de sus ciudadanos, mientras que los árabes usan a sus hijos como carne de cañón, convirtiéndolos en escudos humanos y portadores de bombas suicidas, a cambio de dinero. Los conceptos humanistas judeocristianos que veneran la vida como manifestación de Dios, son irreconciliables con los del Islam que glorifican la muerte.
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