En su camino a la industrialización, los países asiáticos obtuvieron ventajas extraordinarias gracias al mantenimiento de sus monedas subvaluadas. Les permitió vender sus productos más baratos al exterior; aumentaron sus exportaciones. En contraparte hizo que sus importaciones se hagan más caras y les obligó a ahorrar divisas para comprar lo más esencial a los países industrializados, especialmente capital fijo y materias primas para transformarlas. Aún hoy continúan con esa política. El país que más se destaca en esta política es China con su moneda: el yuan.
China ha logrado las tasas más altas de crecimiento de su PIB en la pasada década bordeando un promedio de 8 por ciento anual. Hace menos de diez años todavía exportaba, por ejemplo, estaño, ahora su creciente industria absorbe toda su producción y ya no lo exporta. Por el contrario, importa crecientes cantidades, contribuyendo a que los precios suban en el mercado internacional y países que antes competían en la provisión de estaño con la China, como Bolivia, ahora se benefician por los precios altos.
La industria china invade los más grandes y pequeños mercados. Los precios bajos que comanda su producción no perdonan especialmente a países con costos de mano de obra elevados como Estados Unidos, país que presenta un creciente déficit en su comercio exterior. El consumo norteamericano es tan elevado que su tasa de ahorro presentó cifras rojas los últimos años. La economía estadounidense, irónicamente, es una de las más productivas e innovadoras del mundo, pero sus productos finales son caros y sus ciudadanos, como todo el mundo, buscan primero lo barato y luego lo bueno. La China produce barato y aunque su calidad no sea la mejor, le vende cantidades astronómicas al gigante económico envuelto en la gran economía de consumo.
Sin embargo, las compras estadounidenses tienen un límite, particularmente cuando su economía se ve amenazada en extremo. Especialmente si le tocan su poderío industrial, el Estado lanza serias amenazas proteccionistas. Lo hizo en el pasado con Japón y ahora lo repite con China. Ha advertido que de seguir el yuan subvaluado lanzará medidas para prohibir algunos productos chinos y colocar aranceles elevados a otros. Gran alborozo para los consorcios americanos y fría reacción de las autoridades chinas.
Estas acciones son típicas de las potencias que se ven amenazadas. El tema central radica en que si la amenaza tendrá respuesta favorable. No queda la menor duda que a China le conviene tener abierto el mercado norteamericano. No obstante, la economía actual es también una economía de papel y fracciones importantes de los bonos del Estado norteamericano se encuentran en manos de los chinos puesto que debido a los grandes excedentes en sus ventas al exterior tiene enormes cantidades de dólares ahorrados en instrumentos seguros. Y ¿cuáles son los más seguros sino aquellos papeles financieros que emite el Tesoro de Estados Unidos?
Una amenaza es fuente de una respuesta también bravucona cuando son grandes los que se enfrentan. Si la economía china fuese del tamaño de la boliviana, los gobernantes chinos aceptarían las medidas. Como no es el caso, China podría poner una fracción de sus bonos del Tesoro de EEUU en el mercado internacional y el dólar caería sin medida ni clemencia. La consecuencia posterior sería una hecatombe. La eminencia de ésta mantendrá al yuan subvaluado.