En el transcurso de su historia los Kallawaya siempre fueron respetados, aunque temidos algunas veces y discriminados otras. Gracias al gran valor de su ciencia, su sabiduría fue transmitida de generación en generación y su práctica medicinal expandida por el continente.
Fueron los médicos del Gran Estado Incaico; en la época de la colonia los españoles los respetaron por su poder curativo.
Durante el siglo XIX acumularon otros conocimientos y se ganaron fama como médicos viajeros. Por respeto o temor, en los lugares que visitaban eran objetos de múltiples atenciones de parte de sus anfitriones.
En 1889 fueron invitados a participar de una exposición de plantas medicinales en un museo de París (Francia). Para ello elaboraron un herbario con decenas de especies típicas de Bolivia. En esa ocasión no faltó la voz racista de cierta "élite ilustrada" paceña que reclamó por esta representación "de indios que usaban plantas para el pueblo ignorante".
Durante la guerra del Chaco, los Kallawaya se convirtieron en asistentes de los médicos que atendía a los heridos, y en muchas ocasiones en verdaderos galenos de cabecera de los soldados indígenas, porque además de la medicina, dominaban los idiomas autóctonos.