Estado depresivo menor después del mundial de fútbol, mascullaba que no me dan pelota cuando escribo en serio, sin encontrar juicio al contrasentido de un popular Evo, al que la gente rehúsa verle las chambonadas. Pero un reportaje en el Wall Street Journal me devolvió a humores menos sombríos en esto de lanzar dardos a poderosos de turno, que puede que no sean todavía tan rateros como los anteriores, al cabo recién están mareándose con el poder. Pero no me cabe duda que son ignorantes, de ideología caduca y para colmo, etnocéntricos.
Ejemplo de la curiosidad casi morbosa con que nos miran, es el artículo reportando que en Bolivia, el nuevo gobierno sigue la tradición indígena del "estar sin estar". Portavoz es el canciller David Choquehuanca, que cuando trata temas de Estado reconoce que no está del todo ahí. Los escépticos dirán que está en la luna de Orinoca, versión aymara de la de Valencia, pero el yatiri mandamás de la política exterior asevera que el concepto de estar allí sin estarlo, es parte de un código místico.
Me recordó a Carlos Castaneda, aprendiz de antropólogo y de brujo, que conocí en la Universidad de California en Los Angeles (UCLA). Tanto me impresionaron sus primeras obras, Las enseñanzas de don Juan (1968) y Una realidad aparte (1971), que una vez, cuando sangraba mis ojos estudiando para el examen de grado y, camino a la biblioteca, le viera sentado en un banco al atardecer, le imaginé en la transmutación al cuervo en que se transformaba con la ingestión de peyote, un cactus alucinógeno. Desde entonces he conocido a muchos que vuelan como bichos con polvos, pipas, píldoras y puchos. Sea como fuere, Castaneda tuvo una exitosa carrera de autor, completando una docena de libros vendidos a millones, en que narró con vívida maestría su pasantía bajo el chamán yaqui don Juan Matus, explorando formas de percepción alternativas a la visión del mundo occidental.
Don Choquehuanca es conocido por ocurrencias, como aquella en un ágape en la embajada cubana, cuando convocó a los invitados a una bendición aymara elevando sus brazos al cielo con las palmas extendidas. Me doy a que la mayoría prefería otra ronda de mojito, con Compay Segundo de música de fondo. Faltaba nomás que el canciller yatiri preconice ante embajadores y cónsules, amén de hongos alucinógenos, movidas como bizquear para alterar la visión o utilizar "el poder del paso firme" que Juan Matus enseñó a Castaneda, para correr en el altiplano en la noche, cual vizcachas, sin romperse la pata en alguna zanja.
El equivalente de don Genaro, cómplice ocasional del brujo don Juan en la obra de Castaneda, es el ministro de Educación Félix Patzi. Ofrece terminar efectos perniciosos de la colonización, hechicero que es, mediante un plumazo en un Congreso amañado de la educación. Aboga porque el gobierno fomente que las mujeres indígenas tengan entre 5 y 8 hijos cada una, de modo que la minoría blanca del país, con sus ideas europeas, pase a ser irrelevante. Bien por él, que no ha aguantado a lo macho los dolores de parir en una choza circular de los uru-chipaya explotados por los aymara, sin médico, ni pañales, ni agua caliente, ni tijeras para cortar el cordón, acompañado de ternero huérfano u oveja coja, arriesgando retención de placenta que lo despache al otro mundo. No será él una estadística más del porcentaje de muerte materna y de recién nacidos viniendo al mundo, en esta Bolivia casi africana en su pobreza.
Tanto don Juan como su cómplice don Genaro, han sido probados como fraudes, producto del magín alterado por alucinógenos de Carlos Castaneda, sin que esto prive de honrarle como un exquisito orfebre del lenguaje. No solo engañó a los lectores, sino también a los profesores que le otorgaron el doctorado. Cuentan que en un banquete, en medio de reverentes adulones, anunció que el trombonista de la orquesta era un brujo. Sus adláteres entraron en trance buscando signos que el gurú reconocía en el músico. El pupilo de don Juan se dirigió al cuñado en voz baja: ah, esta vez ¡sí que se las hice lindo!
El canciller yatiri quizá se solaza en secreto con las bobadas que le reputan como hombre sabio en boca de algún diplomático contemporizador o senador adulón; pero su pose de brujo lleva a que Bolivia logre solo risas reprimidas en esferas diplomáticas. A su vez, soslaya que los aymara son los fenicios de los negocios, un ministrillo ignorante del espíritu de competitividad en la pugna por excelencia en la educación, que pregunta: ¿por qué estudiar negocios en un país sin negocios?
Más que retroceder el reloj a tiempos antes de que Colón soltara amarras, el fraude del que ambos son portaestandartes es que Bolivia marche para atrás, pero a la década de 1960. Porque don Choquehuanca y su compinche don Patzi, son más aprendices de brujo de la rancia escuela castrista que de la sabiduría de viejos aymara. Leen en arrugas del anciano Fidel Castro y de clichés en boga en los años 60, obsoletos como radios a lámparas en la era del chip de la información computarizada. Pero son venenosos como injertos de cicuta menor en sardonia, en tanto sean aviados por el brujo Hugo Chávez.
Imposible que destaquen en la joyería de la prosa, como Castaneda, aprendices de brujo que reniegan de las lecturas. Eso les hace más peligrosos, en tanto les aprisiona a fanatismos ignorantes en su afán de replicar ensayos que patean el reloj de arena. Sin baños en aguas de la historia, la cera en la mollera les impide reflexionar que aquello que propugnan ha causado guerras de cristeros en México, muertos a millones en Camboya, sangrientas limpiezas étnicas en los Balcanes.
Lo que me retorna a lamentar, sardónico, la miopía colectiva de instituciones y gentes, para leer los escritos en la pared que advierten del totalitarismo que se avecina en Bolivia.
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