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Cochabamba - Bolivia Domingo, 23 de julio de 2006

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Sobre el libro "Inmigraciones de Arkham". La autora comenta la reciente antología de cuentos de nueve escritores bolivianos inspirados en H.P. Lovecraft y publicado por la editorial "Gente Común".

La influencia del arte y el arte de la influencia

Por:Francis Schwitzgebel -Torres

Dieciocho ojos temblorosos seguían el rastro de tinta dejado por el Maestro de Sombras, cada letra una gota de sangre, cada pausa una oportunidad para gritar. Cada página es un velo, disuelto, desgastada a fuerza de lecturas y relecturas obsesas. En algún lado de esta arcana mitología, resuelta en caracteres arácnidos, se halla la clave del Dominio del Oficio, la fórmula que traerá a los editores del mundo a arrastrarse ante sus puertas, a venerar cada paso suyo, a recoger y preservar cada mísera palabra suya como migajas de hostia sagrada. El desenlace resulta fatídico; la profanación, inevitable; lo predijo un decolorado poeta, atrapado en un laberinto de ceguera y mustios libros…"El Horror, el Horror!".

Inmigraciones de Arkham añade una definición al género de Horror que yo desconocía antes de leer esta compilación que reúne las contribuciones de nueve escritores representativos de lo que se conoce popularmente como literatura joven - aunque en algunos casos específicos esta referencia a juventud resulta forzada, a menos que se la equipare con inmadurez. Una empresa común los reunió: traer a H.P. Lovecraft y su mitología maldita a Bolivia, desafío titánico y no apto para los escritores de débil muñeca. Sin embargo, estos jóvenes valientes se lanzan osadamente a hacer aquello que nadie más se atrevió a hacer, a excepción de Robert Bloch, Robert E. Howard, August Derleth, Terry Pratchett, Neil Gaiman, Roger Zelazny, William Browning Spencer, Neal Stephenson, Bruce Sterling, Charles Stross, David A. McIntee, Andy Lane, Gary russel, Mark Clapham, sin contar las legiones de jóvenes "intelectuales asexuados" inspirados por el Mythos de Cthulhu que no tienen la suerte de vivir en Bolivia, donde los criterios editoriales responden a intereses comerciales más que a valores literarios reales.

Si la compilación fuera un barco, debe visualizarse a Rodrigo Antezana Patton a la proa, Emilio Martínez al timón; el capitán, y figura principal es Edmundo Paz Soldán. La tripulación de respaldo la compone Keith John Richards, Miguel Esquirol. Oscar Díaz Arnau, Víctor Hugo Romero, Roger Otero Lorent y Sebastián Molina. Desafortunadamente, este barco tiene otro tripulante invisible, que selló el destino del Titanic: la arrogancia.

La colección de cuentos inicia con "Gato Satánico", de Rodrigo Antezana Patton. Basado en la trillada premisa de la casa embrujada, la historia fracasa al tratar de crear el ambiente lúgubre que todo buen cuento de horror precisa; regala la trama sin resistencia alguna. Cuando la mansión está a punto de ser vendida a un comprador joven e inocente, Julio, dispuesto a pagar el precio para tener un lugar seguro donde pueda vivir junto a su gato (que se llama Gato Satánico), el vendedor justifica el precio autosaboteando su esfuerzo comercial diciendo: "(…) nadie en la firma se atrevió a preguntar. Puede ser algo en verdad siniestro que se oculta detrás de una fachada de oro.". La amenaza innombrable pasa totalmente desapercibida al comprador y al lector. Poco después, el incauto propietario halla una librería llena de libros cuyos "títulos (…) eran extraños y los había en varios idiomas. Debido a que él únicamente hablaba dos, sólo retuvo las palabras extrañas que asumió como nombres: R"lyeh, decía en varios idiomas, Dyzan, Eibon (…)". Al parecer, el bilingüismo de nuestro "héroe" no se limita a dos idiomas (por algún extraño motivo, al leer esta frase, una imagen de Dustin Hoffman en "Rainman", mi idiot savant favorito). La capacidad lingüística del protagonista se amplía milagrosamente de rato en rato, pues unas páginas más adelante, al continuar su investigación, halla libros en un "alfabeto que (…) no tenía semejanza con el árabe, con el tailandés, ni siquiera con los pictogramas chinos, los jeroglíficos egipcios o mayas, ni las enmarañadas letras de la India". La capacidad imaginativa de Antezana sorprende especialmente cuando el joven dueño de casa entra en pánico "Y resbaló, y cayó, e intentó ponerse de pie, para seguir cayendo y resbalando (…) Instantes más tarde su caída se detuvo, pero ya no estaba en la casa de Achumani, ni en algún lugar reconocible." Era obvio: el torpe de Julio debió dañarse el cerebro en una de sus múltiples caídas. El autor confirma esto cuando Julio halla que el piso de este lugar (que no era Achumani) "estaba cubierto por una humedad invisible (…) que hacía al suelo un poco resbaloso. Prefirió sacarse los zapatos, a pesar del instintivo asco que sentía hacia esa baba". El resultado es inevitable: Julio se continuará cayendo, una y otra vez, especialmente cuando es perseguido por un Leviatán Lovecraftiano "inmenso. Enorme (una) perla verde con "tentáculos larguísimos (…) su dimensión era comparable a la de un gran edificio".

Afortunadamente, el gato de Julio divisa un portal interdimensional mágico que ofrece una salida conveniente. Gato Satánico corre hacia el portal. Julio corre detrás del gato. La bestia corre detrás de Julio. No sabemos por qué un morador de las profundidades de la realidad está interesado en un bocado que no alcanzaría a llenarle una muela, pero en algún momento se insinúa que la bestia tiene hambre. A metros de escapar, el monstruo golpea a su bocadillo con un tentáculo poderoso. Julio cae. Al parecer el golpe de un monstruo sobrenatural del tamaño de un gran edificio no es suficiente para convertirlo en una masa de sangre y huesos, pues Julio sigue vivo. El monstruo agarra a su canapé con un tentáculo, pero Julio, bilingüe políglota con fuerza hercúlea, lo golpea y el monstruo lo suelta. El protagonista escapa por el portal, pero un tentáculo lo agarra nuevamente. Por suerte Satánico está para salvar el día, pues "el felino le propina un mordisco y varios arañazos, sin siquiera causar un rasguño del que fluya sangre o herida en el miembro de la criatura; sin embargo, su ataque es suficiente para que abra las pinzas y suelte a Julio."

Si bien toda colección de cuentos puede tener una obra mala, éste no es el caso de Inmigraciones de Arkham. Aunque algunas de las demás contribuciones exhiban un mejor manejo de la lengua, ninguna exhibe mérito alguno. La contribución de Emilio Martínez resulta absurdamente cómica, especialmente al hablarnos del culto a Dagón practicado en el Lago Titicaca y Moxos, indígenas potosinas violadas por seguidores de cultos demónicos, del Necronomicón en la Biblioteca de Sucre, entre otras incoherencias. Paz Soldán le da el golpe de gracia al libro, desligándose por completo de la idea central que justificó la colección. Quizá intuyendo el resultado, evita por completo apropiarse de la tradición de Lovecraft y nos presenta un cuento lingüística y políticamente correcto, de fría precisión gramatical, sin mérito ni contribución al género. Esto resulta irónico, especialmente considerando que no duda por un minuto al apropiarse de estrategias borgianas y cortazarianas para escribir sus bestsellers tercermundistas.

La creación literaria es un acto honesto

La mitología de Lovecraft se sustenta en la lógica de que, al hallarse más allá de la realidad natural, la presencia de lo divino es de una inefabilidad última: la mente humana no puede concebirla. A pesar de ello, Lovecraft pudo describir horrores innombrables con una sombría prosa visual caleidoscópica: "Y a través de este fosal repulsivo del universo, el latido sofocado, enloquecedor de sueños, y el delgado, aullido monótono de blasfemas flautas desde recámaras inconcebibles, sin luz más allá del Tiempo; el detestable latido y chillido hacia donde danzan lenta, torpe y absurdamente, los dioses - las ciegas gárgolas, sin voz, sin mente, cuya alma es Nyarlathotep". Hallar que el contacto y la influencia permite que cualquiera pueda publicar, sin garantía de calidad, es lo único innombrable de la colección.

La moraleja de la historia es sencilla, queridos lectores - los grandes maestros no narran: muestran-. La creación literaria debe ser un acto de honestidad y humildad intelectual, no una búsqueda autogratificante de reconocimiento publicitario. Caso contrario, uno puede terminar confundiendo la literatura de horror con literatura horrible.

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