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La segunda eternidad | | Por: Oscar Peña Franco | | Seis meses es un parpadeo imperceptible de la historia, pero en el tiempo político boliviano equivale a una pequeña eternidad. Acabamos de comprobarlo después del medio año de sufrimiento que nos infringió una Asamblea Constituyente (parecida a la burocracia "insensible y satisfecha" de la que hablaba el inigualable líder sindical que fue don Juan Lechín Oquendo), que dilapidó seis meses en la pequeñez de una reglamentación que demostró ser más factible en la realidad que en las mentalidades mezquinas y condicionadas de muchos asambleístas. Reconozcámosles, a los constituyentes, la virtud de abrir un resquicio para dar paso a la luz, mas no sin ahorrar los reproches que merecen por el tiempo perdido en la bagatela del discursito figurón y en el maniobrerismo ideado, con talento dañino, por recónditos conductores.
A la pequeña eternidad ya sufrida, se agrega ahora su segunda parte, con el mismo plazo pero con tareas mucho más difíciles y complejas. Ahora se trata de algo más importante que la discusión ciento ochenta veces estéril sobre los sistemas de votación y de mayorías. Ahora es el turno del meollo de la cuestión. Ahora se trata de diseñar el tipo de país que mejor conviene para los próximos treinta o cincuenta años. Ahora, la Asamblea Constituyente empieza a ejecutar el trabajo histórico para el que fueron elegidos sus miembros.
En el horizonte que atisba la opinión pública, hay una mezcla de nubes oscuras y de espacios abiertos a un cielo limpio. Es decir, por una parte el temor a que se reproduzcan los choques entre dos conceptos ideológicos que pueden pero a ratos parece que no quieren armonizarse; y por otra parte, la transitoria esperanza inaugurada con el acuerdo reglamentario. A los constituyentes que saludaron su concordancia entonando, fervorosos, el himno nacional, cabe recordarles que de nada sirve el uso emblemático de los símbolos patrios si ello sólo vale para celebrar éxitos menores y no para la gesta constitucional a la que están obligados.
Ahora, también, resta que los proyectos de Constitución Política del Estado elaborados por distintos sectores políticos y sociales, sean ampliamente difundidos -"socializados", como ha dado en decirse desde hace tiempo-- para que la sociedad en su conjunto los conozca y opine, y para que sus opiniones sean tomadas en cuenta. Es tiempo ya de que todos pongan sus cartas sobre la mesa y dejen, como lo han hecho algunos hasta ahora, de guardarlas bajo la manga como si de ases tramposos se tratara.
La responsabilidad es muy grande: el seis de agosto próximo debe estar sancionada la nueva carta magna para en que los meses venideros y hasta antes de que acabe 2007, la ciudadanía entera se pronuncie en las urnas de un referéndum que será más trascendente que cualquier elección presidencial o parlamentaria. El reto al que están sometidos los asambleístas constituyentes -y también hay que recordarles que no están en ese rol porque fueron invitados, sino porque lo buscaron deliberada y aun apasionadamente- es aprobar una Constitución que llene estos requisitos: reflejar en la medida máxima posible el anhelo plural de unidad en la diversidad, poner a Bolivia a tono con los tiempos del mundo, corregir injusticias y exclusiones seculares, respetar el mandato del referéndum autonómico. En suma, crear las condiciones mínimas para que todos los bolivianos vivamos en armonía y con los pasos encaminados a la búsqueda del progreso y el bienestar colectivos.
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