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Cochabamba - Bolivia Viernes, 24 de noviembre de 2006

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Una palabra de carne y hueso

Por: CLAUDIA BENAVENTE
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Ni el diccionario más gordo podrá contener los lados más tenebrosos de la violencia que nos envuelve a diario cuando no somos actores de la misma. Un telediario español anunciaba el descontento de la comunidad de gays y lesbianas al caer en cuenta de que la definición en el diccionario de "matrimonio" sigue enmarcada en la unión entre un hombre y una mujer. Si miramos el asunto de cerca veremos cuán lejos puede situarse una definición de lo que la palabra cobra en su vida cotidiana. Pensemos por ejemplo en la palabra "violencia". El Diccionario de la Lengua Española define así el concepto: "Que está fuera de su natural estado, situación o modo. Que obra con ímpetu y fuerza. Que se hace bruscamente, con ímpetu e intensidad extraordinarias". Confirmado: una definición con perfume de papel fino carece de las venas verdaderas del vocablo. Es ese latido que imprimen nuestras experiencias personales lo que hace de una palabra una fuente de varios, pero verdaderos sentidos. Así, las caras de la violencia son múltiples y caminan muy lejos de la estricta definición.

Violencia cotidiana es el temor que cultivamos cada vez que la radio anuncia un asalto a mano armada bajo la luz del sol o cuando miramos en la pantalla chica la cara esquiva del ladrón de autos. Nos violentan al desnudar nuestra inseguridad ciudadana.

Aunque para muchos el universo de las cárceles está lejos de sus camas, la violencia, física y simbólica, que la población penitenciaria produce y sufre no es sino el espejo en diminutivo de lo que se teje fuera de los barrotes y nos resistimos a asumir como nuestra propia violencia.

Cuando no nos quita el sueño, la violencia produce risa. La risa que ha provocado en estos últimos días la transformación de los musculosos talibanes andinos en retadores de la lucha libre.

Cuando la violencia no produce risa, nos llena de vergüenza. Como cuando sabemos que somos parte de una sociedad que es capaz de quemar vivo a un ser humano. A siglos de la Edad Media y en pleno territorio boliviano un grupo enardecido tortura y mata a un hombre acusado de hacer brujería. Como en un cuento de terror.

Cuando esta violencia no es vergonzosa, nos llena de dolor. Como cuando un grupo de mineros cooperativistas se las dan de matones y propinan una cruel golpiza a un efectivo policial que deja de ser anónimo cuando pierde la vida. No les tembló la mano a los cooperativistas para hacer explosionar una dinamita en el cuerpo de Juan Carlos Quenallata. Ni todo el dolor de la viuda y los cinco huérfanos pueden borrar la estúpida violencia minera. Esa dinamita ha estallado en el cuerpo de todos nosotros.

Y cuando la violencia no está a pasos de casa, llega violentamente y con todo su ímpetu desde países lejanos. Como la historia que recientemente nos contaron. Aquella en la que el antipersonaje es un policía estadounidense que da odiadores puñetazos en la cabeza de un joven de apellido latino.

No hay lugar a dudas. Ni el diccionario más gordo podrá contener los lados más tenebrosos de la violencia que nos envuelve a diario cuando no somos actores de la misma.

La autora es comunicadora

lapinbenavente@hotmail.com

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