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Receta para saudades en A Coruña
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| Por: WINSTON ESTREMADOIRO
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| Me debatía con saudade propiciada por un artículo con el subtítulo "Si quieres saber dónde hay pobreza, mira de noche". Mostraba un planisferio mundial obtenido de fotos nocturnas mediante satélite. Encendidos como luces navideñas estaban Estados Unidos y el sur de Canadá, Europa, Japón, Corea y la China más cercana a ellos. Brillaban bordes costeros desde la joroba brasileña hasta el estuario del Río de la Plata, un arco al sur del istmo panameño y el valle central de Chile. En Bolivia se discernía apenas ese punto central del continente que es, aunque renieguen los cochabambinos, el área integrada de Santa Cruz de la Sierra. Terminó de tirarme al suelo la glosa de que hay 1.000 millones de personas que sobreviven con un dólar diario en el mundo, que ya quisieran los pobres bolivianos en vez del "oye Bartola/ ahí te dejo esos dos pesos/ pagas la renta, el teléfono y la luz", como cantaba Pedro Infante y cantan hoy un tercio de compatriotas de miseria extrema.
No que me vinieran ganas de lanzarme del quinto piso, caminé hacia la Ciudad Vieja de A Coruña. Deambulando entre sus callejuelas, llegué al Mercado de San Agustín. Para pulsear el grado de civilización de los pueblos tienes que conocer dónde compran sus alimentos. Ahora sé porqué los extranjeros agarran tamañas infecciones intestinales, mal llamadas venganzas de Moctezuma o de Atahualpa, según donde te encuentres, porque el mercado de A Coruña es más limpio que un hospital boliviano.
En un plano inclinado frente al mercado estaba la perla que había de extraerme de mi ensimismamiento sombrío. Era la Plaza del Humor, antiguamente la Plaza de los Huevos, supongo que sin aludir a los de dos personajes cuyas estatuas de cuerpo entero se miran frente a frente, sentadas en dos bancos de granito. Me cobijé en uno de los brazos extendidos de Castelao (1886-1950), buen pintor de temas realistas y magnífico dibujante, caricaturista y humorista que escribió en lengua gallega, en 1941, una obra teatral que me gustaría ver:
Os vellos non deben de namorarse (Los viejos no deben enamorarse). Al frente estaba Álvaro Cunqueiro (1912-1981), poeta, novelista, autor teatral, traductor y periodista, que escribió en gallego y en castellano, amén de ser subdirector del diario madrileño ABC, y director del Faro de Vigo. Dicen que su obra es una de las más ricas, no sólo de la literatura gallega, sino de toda la literatura española del siglo XX: fresca, culta, imaginativa, estilísticamente impecable y con inigualable dominio de ambas lenguas. Yo solo aspiro a leer algún poema de su Cantiga nova que se chama Riveira (1933).
En unas 400 lozas de mármol blanco de 90 cm. cuadrados, yacen caricaturas esculpidas de una mezcolanza de caracteres cuya glosa anoté en un papelito, mientras garuaba y una ventisca marina remesaba paraguas de apurados peatones, que miraban de soslayo, meneaban la cabeza y seguramente pensaban que era algún loco andaluz, ya que los gallegos tienen más de godos que de moros, y mi semblante da más para los segundos. Doy fe que la sopa de escritores incluía un manco Cervantes, Esopo, Sócrates, Oscar Wilde, Bocaccio, Aristófanes, Dostoievski, Shakespeare, Chejov, Mark Twain, J. Poncela, Dickens, E. de Queiróz, Grosz, Ramón (¿será Cajal o del Valle Inclán?), Moliére, Rabelais, Bernard Shaw, Andersen y Lewis Carroll. Salpicaban por ahí O. Henry abrazando a Mae West, Cantinflas, Keaton, Charlot, Groucho, Laurel y Hardy. Añadían pimentón a la queimada de brujo gallego, Charlie Brown y Snoopy, Mafalda, Blanca Nieves, la Pantera Rosa, Obelix y Asterix, Pedro Picapiedra y su amigo Pablo. Los ajíes eran provistos por algunos que confieso desconocer si son humoristas o escritores (ojalá ambos, que más sabrosos serían): Mingote, Tono, Mihura, A. de la Iglesia, Herreros, X. M. Cao, Maside, Bagaría, Gulbranson, Persoaxe de Forges, Filemón y Mortadelo, Carpanto, Gaspariño, T. Natcht, Daumier, A Cebeiro, A Lolo y Bufón.
Sobre bloques de granito, tres bustos caricaturescos de Vicente Risco, Justo Camba y Wenceslao F. Florez, miraban una fuente de piedra en cuyo centro un gato unicornio encima de una bola chorreaba agua del cuerno. Esculpida en el piso, una leyenda de Álvaro Cunqueiro: "O gatipedro é un gato branco cun corno negro que entra pela noite nas casas onde hai nenos dormindo, e verque auga polo corniño para que os nenos soñen que mexan, e de verdade mexen na cama".
No pude resistirme a beber vino blanco en el adyacente bar A Cunquiña. Allí conocí a uno que me explicó que el gatipedro es un gato blanco con un cuerno negro que entra en las noches a las casas donde hay niños durmiendo, y vierte agua por el cuernillo para que los niños se sueñen que se orinan, y de verdad que se orinan. Que la cunquiña no era alusión a esa "esta cuca es mía" que uno posesivo garabateó en el bajo vientre de su dormida amante en El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, sino una inocente tacita de porcelana, versión gallega de tutumas vallunas donde se bebe chicha. Parados alrededor de toneles oficiando de mesas, como es costumbre, bebimos cinco cunquiñas de vinho do ribeiro, que no es de la ribera sacra de Lugo sino ourense pero no de la zona de Valderras, invitadas por el boliviano y retribuidas por otras tantas del gallego, antes de que este me advirtiese de que es vino joven, con el triple del canon de alcohol y que termina de añejar en el coleto.
Yo, que había ingerido un diurético para expulsar ácido úrico que me inundó con tanta cigala y pulpo regados con tintillos, fui atacado también por el gatipedro, con percances incontinentes antes de llegar al hotel como con manguera loca no de pasión, sino de presión. Total, llovía y ventiscaba, a los que podía achacar los manchones en mi bragueta. Pero mi saudade se había esfumado. Volveré mañana por más cunquiñas.
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