Mucho se habla y se escribe últimamente acerca de los límites (o falta de límites) de la Asamblea Constituyente. Por un lado están sectores que declaran que el límite de los poderes de la Constituyente está establecido por las leyes vigentes, por ejemplo, el hecho de que el actual Presidente deberá terminar su mandato constitucional. Por otro lado, miembros del MAS y el mismo Presidente han declarado que la Asamblea Constituyente deberá tener poderes ilimitados, hasta el punto de que Evo Morales pondría su cargo "a consideración" de los asambleístas.
De principio, el concepto de "poderes ilimitados" es, en mi opinión, completamente absurdo. Y no se trata de tecnicismos legales o de saldar cuentas históricas. Más allá de los deseos del Presidente o de lo que establezcan las leyes o la Constitución Política del Estado vigente, el límite de los poderes de la Asamblea Constituyente está establecido por nada más y nada menos que el imaginario del pueblo.
Cada uno de nosotros, los ciudadanos bolivianos, tiene en la cabeza una imagen de cómo es y cómo debería ser el Estado boliviano. Más allá de si hemos leído o no la CPE, más allá de si comprendemos a cabalidad el concepto mismo de "Estado", la imagen está allí, y está clara, y establece el límite entre lo posible y lo imposible.
¿Será posible, por ejemplo, prohibir la libertad de culto, eliminar la propiedad privada o establecer la monarquía como sistema de gobierno? A pesar de los desvaríos de Román Loayza o de Felipe Quispe, ¿será realmente factible cambiarle el nombre a Bolivia o transformar la bandera nacional? Y luego está el tema del mandato de Evo Morales, presidente Constitucional de la República. Me pregunto: ¿El pueblo creerá justo que un Presidente elegido con el 54 por ciento de la votación sea destituido de su cargo por 210 asambleístas? O, yendo al otro extremo, ¿será conveniente que un Presidente se perpetúe en el cargo indefinidamente, aún habiendo sido elegido por una mayoría contundente?
No creo correcto que el partido oficialista haga a los futuros asambleístas que tendrán poderes ilimitados para refundar al país como se les antoje porque se corre el riesgo de que éstos sufran una embriaguez de poder que les impida llevar a cabo su labor con lucidez. Además, sus poderes no serían nunca ilimitados, aún si la ley o el sentido común lo permitiesen. Antes, se debe establecer que las personas que conformen la Asamblea Constituyente tendrán el inmenso desafío de transformar al país en el marco del consenso, la inclusión y la justicia.