Es en la Asamblea Constituyente donde esta semana debe primar el diálogo tendente a la concertación, a despecho de la consigna y los intereses creados.
Son ya demasiados los factores de desinstitucionalización y disgregación que de no ceder el paso a la reflexión, la cordura y el cambio de conducta, precipitarán al país en situaciones de imprevisibles consecuencias.
En tal escenario, cobra particular significado la intransigencia del gobierno, en privilegio de la etnia aymara que habita la región del altiplano y a cuyo nombre, señal y figura, se quiere imponer al resto de la sociedad una ideología de por sí centralista y excluyente, sin reparar para nada en la diversidad que es característica de la población de Bolivia.
Frente a esa corriente retrógrada se halla una oposición disminuida y dispersa, que no atina siquiera a encontrar un derrotero común, aunque por encima está la opinión pública sensata y consciente de los riesgos que el trance actual implica, a la que últimamente las autoridades nacionales pretenden confundir con sus circunstanciales adversarios políticos.
Puestos en una balanza ambos polos, o si se quiere el oficialismo en uno y las facciones opositoras y la gente pensante en el otro, por más de que no exista connivencia entre sí, es más que seguro que se inclinará hacia el segundo lado, como de forma todavía incipiente lo demuestran las encuestas en torno de la aceptación de las figuras estelares de la administración, a tan solo ocho meses de haber asumido el mandato mayoritario.
En este contexto, llama la atención que no se tome en cuenta al más importante segmento del cuerpo social, o que se pretenda minimizar su gravitación, al igual que indebidamente se mezcla a todas las etnias cual si fuesen una sola, arrogándose inclusive representaciones que muy pocos han debido conceder.
De ahí que la República se muestre ante sí misma y la comunidad internacional, dividida en dos extremos en materia tanto de población, cuanto de territorio, cuando en realidad la primera está conformada por vertientes y expresiones diferentes, mientras que el segundo de hecho carece de un mínimo de uniformidad, lo que a su vez fisonomiza a sus habitantes.
En tan complejo tablero, sólo el equilibrio logrará que las piezas hagan su propio juego y construyan el conjunto, tarea que más que a nadie corresponde a la elite gobernante, al contrario de la irresponsable práctica destinada a confrontar que se ejercita hoy en día.
Esta semana parece, pues, decisiva para el futuro de los bolivianos, dada la reanudación de las labores de la Asamblea Constituyente, y es allí donde deberá primar el diálogo tendente a la concertación, a despecho de la consigna y los intereses creados.
De no procederse de esta manera, se empujará al país un palmo más hacia el abismo.