La ola delictiva que confronta la ciudad de La Paz debe constituirse en timbre de alarma para el resto del país, más aun si por lo que se dice sus autores son avezados malhechores llegados de otras naciones, que no tardarán en trasladarse hacia el interior tanto para eludir a la Policía, cuanto para seguir dando golpes en territorios vírgenes, si cabe llamarlos así.
De acuerdo con las versiones procedentes de la sede de gobierno, esos delincuentes en harto superan a los que la sociedad paceña estaba habituada a conocer, desde el momento en que andan armados y exhiben una temeridad nunca vista antes, reflejándose en asaltos a domicilios y negocios, cuando no a los peatones en la vía pública.
Al parecer las falencias de la Policía Nacional y el tipo de convivencia que hasta no hace mucho abrazó la población de nuestras principales urbes han animado a gavillas del exterior a trasladarse al territorio boliviano para cometer sus fechorías con inicio de sus malandanzas en La Paz, acción ésta que más temprano que tarde podría extenderse al resto de nuestras capitales.
Es en este sentido que la institución guardiana del orden y las colectividades mismas deberán permanecer alertas para contrarrestar el más que probable al par que próximo arribo de los delincuentes foráneos; la primera previniendo sus andanzas y las segundas adoptando las medidas de seguridad que estén a su alcance en el seno del hogar, el trabajo o la calle.