Se ha instalado un intenso debate acerca del futuro del sistema andino de integración puesto seriamente en cuestión en las últimas semanas. Fuera deseable que la superior negociación del más alto nivel que debiera desarrollarse por parte de los Jefes de estado y cancilleres alcance un diálogo de altura y no una triste pugna política e ideológica que puede ahogar toda perspectiva de reconducción del gran proyecto de integración subregional andino. Venezuela ha anunciado su retiro de la CAN señalando que la suscripción, por parte de Colombia, Ecuador y Perú, de unos tratados de libre comercio con Estados Unidos de América importa un muy grave socavamiento de los presupuestos básicos en los que se funda el sistema andino de integración.
Bolivia ha insinuado una posición vecina a la venezolana, desde que ha cuestionado la virtualidad de los acuerdos comerciales de libre comercio, bien que matizando esa postura con el acerto de que nuestra nación ha generado importantes corrientes de comercio en la CAN como la soya y la cadena de oleaginosas. No ha señalado nuestra diplomacia que la adhesión de Bolivia a ese pacto andino constituye una decisión política diplomática y económica estratégica central dentro de la política exterior de la República.
Alejandro Deustua conocido internacionalista peruano, muy cercano a la cancillería de su país, en recientes notas publicadas en el diario limeño La República, ha cuestionado severamente el liderazgo boliviano para encaminar un delicado proceso de reajuste en la CAN. Deustua deplora que nuestro Gobierno y "su Jefe de Estado, Evo Morales no sean proclives al trato diplomático y usen una terminología hostil", lo que le lleva a pensar que la posición boliviana en la región andina esté centrada en "un juego de poder y no de integración económica".
Para nosotros ha sido lamentable la imagen de desunión que la comunidad andina ofreció en Viena durante la última cumbre entre América Latina y la Unión Europea (UE). Ello determino la virtual descalificación andina para definir con la UE un acuerdo, sin duda trascendente, de segunda generación. Por contra, América Central, que presentó un frente unido en la capital austriaca fue calificada para iniciar un proceso de negociación comercial con la UE.
Cabe preguntarse, ¿es correcto plantear en este etapa postmoderna de las relaciones internacionales una dicotomía tan rígida entre tratados de libre comercio y acuerdos marco de integración económica como la CAN o el Mercosur? El proceso de regionalismo abierto en el que está inmersa, hace más de una década, la región latinoamericana, sin excluir a Cuba en ALADI, ya ha producido con éxito un vasto sistema de convergencia en el que apenas resulta coherente discutir esa eventual incompatibilidad de los acuerdos de libre comercio extrarregionales, como los de Colombia y Perú, con las entidades mayores de las zonas de libre comercio y uniones aduaneras de la región latinoamericana.
Liberados que han sido los intercambios recíprocos de comercio en América del Sur México y Cuba, tras los acuerdos CAN-Mercosur hasta niveles próximos al noventa por ciento, parece adecuado iniciar una nueva etapa de potenciamiento y ampliación de la integración regional en la esfera de los tratados de integración energética y los relativos a la interconexión de infraestructuras físicas, como los corredores bioceánicos. Esa novísima vía luce más promisoria y acorde con la postmodernidad mundializada de este nuevo siglo.