Como podrán imaginar, soy huerfanito de madre hace muchísimos años, pero cuando llega la fecha en la que celebramos a ese ser tan sublime, salgo a las calles en busca de regalos para entregárselos a mis tías que son muchas, algunas verdaderas y otras ficticias a las que tuve que inventar para dar algo de calor a mi prematura orfandad.
Ayer me sumé a ese inmenso gentío compuesto de niños, jóvenes, y personas mayores que salieron por las calles de nuestras ciudades en pos de un obsequio para sus madres, recorriendo tiendas y almacenes boutiques y supermercados, para terminar en "la Uyustus" que es el mercado natural que nos regocija a los cholos paceños.
Pensé primero en buscar un regalo para mi tía Encarna, virtuosa mujer a la que tuve que inventar cuando quedé huerfanito y quien me hizo decir alguna vez: "la tía es un ser que tiene la ternura de una madre y no suele ser tan severa como la mami querida". Pensando en la mencionada recorrí muchos puestos de venta atendiendo al llamado de las cariñosas vendedoras que me decían: "joven, joven simpático, joven antiguo, aquí tengo el regalo perfecto para su mamacita", ofreciéndome prendas de fina lencería.
Jubiloso tomé entre mis manos unas enaguas negras de fino material y traté de imaginar las dimensiones del cuerpo inexistente de mi tía Encarna. La vendedora me preguntó si mi tía es alta o bajita, gordita o flaca, respondiéndole: "no lo sé porque nunca vi a mi tía".
Al escuchar la vendedora que el regalo era para mi tía, buscó afanosa unas enaguas de lana, y yo las rechacé porque siempre supuse que mi tía Encarna era joven y coqueta y que jamás llevó enaguas de lana.
Seguí internándome por el universo Uyustus y vi junto a una estrella unos perfumes franceses que alegraron mis ojos y mis narices. La vendedora, una cholita que hablaba francés me dijo con acento propio: "Mesié, mesié, vu levú une fragance francaise para votre mamá?". Miré los frasquitos y me dije: "estos perfumes no son para mi tía Encarna, tal vez sean más apropiados para mi tía Semáforo que es tan coqueta", pero desistí de mi antojo y continué recorriendo "la Uyustus", mientras las vendedoras me ofrecían vestidos para señoras jóvenes y maduras, zapatos de mujer con tacones o sin ellos, bolsas para agua caliente, blusas de todos los colores, planchas de todo tamaño, electrodomésticos, televisores, fajas para las gorditas, calzones levanta colas, y un sin fin de regalos para las mamitas y las tías.
No compré nada y recordé unos versos que aprendí cuando era niño y que dicen: "Mamita: con qué fruición y alegría vi amanecer este día, mamita del corazón. Hoy es tu día, ¿no es eso? Y qué darte podré yo. Te entrego mi corazón, tómalo con este beso, mamita del corazón".
Malos los versitos infantiles, pero sinceros.