Más que la ley, lo sabemos, es el nuevo apretón de manos que los aburridos como Rousseau llaman "pacto social". Darse la mano, jalar una silla y sentarse a conversar imbuidos de buena fe. Sólo así tejeremos una nueva realidad que alcance para todos. Dejemos el bip para las noches de cada día y para las lentas tardes de domingo, ocasión en la que es inevitable pensar en el suicidio
Hace muchísimos años, quizás cuando la UDP era nuestra única esperanza, un joven conductor de programas de TV se hacía famoso por su sobrenombre sin igual: Papi clic. Por entonces no era frecuente disponer de un control remoto. El cambio de un canal a otro, por lo tanto, era manual, y muchas veces daba pereza moverse del sofá para escapar de un programa y vagabundear, clic, por otros. La gente se desentendía y esperaba paciente que, en el mismo canal, el siguiente programa la recompensara. Pero no era el caso de Papi. Ningún espectador lo toleraba un segundo. Bastaba verlo en pantalla para que todo el mundo brincara del sofá y clic lo cambiara. De allí, entonces, su apodo original.
Ahora todos cuentan con un control remoto. El cambio de un canal a otro no suena clic. Suena bip, muy bajito. Nadie debe saltar del sofá hacia el televisor para escapar del cine musical al atronador cine de guerra. Basta con que apretemos el botón para que los canales corran hasta el paroxismo. Mientras ello ocurre, no se nos mueve un músculo. Nada nos asusta tanto, y menos para sobresaltarnos. Nos quedamos un segundo con Charles Heston y varios minutos con Hugh Grant. Escapamos de los comerciales y del fútbol mexicano. Nadie ve la producción nacional, salvo los informativos y las entrevistas, y los fines de semana arriesga el cuello quien hace bip y nos deja sin el Boca Juniors en la pantalla. Sólo al Boca se lo aguanta noventa minutos, después se cambia siempre, bip bip, y se ve películas por trozos, en varias semanas, y se atiende varios informativos al mismo tiempo, y se termina de armar los rompecabezas en la almohada, unos minutos antes de dormir.
El control remoto nos ha automatizado. Los bolivianos, en las calles de asfalto, piedra o tierra, quisiéramos hacer bip con la realidad de nuestro tiempo. No la aguantamos, no le tenemos un ápice de paciencia. Quienes somos gobernados rogamos para que esta historia de desencuentros termine hoy mismo. Quienes gobiernan sueñan con imponer su línea dura en pocos segundos. Todos descreemos del valor de los procesos. Nadie nos enseñó la valía de la reforma permanente. Pensamos que el cuartelazo lo arregla todo o la revolución sangrienta. Muchos actúan en un sentido u otro. Los más, en cambio, miramos el escenario con el control remoto en la mano. Parece que no sabemos: a) que la realidad nunca es idéntica a los sueños de nadie, y, b) que ni Dios modifica el pasado.
Como nunca, todos hablamos de nuestro país. Ya era hora, claro. Es imposible negar que la democracia ha dado buenos resultados: el indígena no es parte de la acuarela, por ejemplo. Existe y tiene dignidad, aleluya. El criollo es una monada con corazón y quiere cambio del rumbo nacional. Votó con esa profunda esperanza. No obstante, los que atacan y defienden están lejos del consenso ideal que los bolivianos queremos para construir, sobre esta misma patria gris, una pantalla multicolor nueva. Nos joden los jeques delirantes y los líderes mañosos. ¿Quién podría afirmar que en las comunidades campesinas de Pongo k"asa se habla de mayorías absolutas? ¿Y de dos tercios? Nadie, ¿verdad? Se habla de consensos plenos. Pero, al mismísimo tiempo, al mundo popular le sobran razones y motivos para desconfiar de los pecosos. ¿Por qué no vamos, entonces, con calma?
La inmensa mayoría de los bolivianos pensamos que la realidad debe cambiar sin el bip. Ya sabemos que la guerra del Chaco, que el 52, que el 82 y el 2005 son partes claves de ese proceso de transformación del Estado Nacional. Ahora se trata de que éste sea claro y firme. Unos, otros y todos debemos entender que existe una distancia enorme entre lo que se quiere y lo que se puede, entre lo que es y lo que debe ser. Esa enorme distancia tal vez se llama proceso y paciencia. Dejemos el control remoto descansando en el sofá.
Está visto que las soluciones para la construcción de nuestra sociedad deben ser trabajadas día a día. La morosidad del proceso debe ser evaluada como un punto a favor del encuentro heterogéneo de los bolivianos. ¿Cómo podemos estar de acuerdo pronto si apenas nos conocemos? ¿Acaso no es necesario que cada quien explique en su idioma su visión de país? La vida nos ha maltratado de diferentes maneras y debemos comenzar aceptando aquello. Para escucharnos, necesitamos tiempo. Mucho tiempo. Que nadie prometa soluciones para mañana. No habrá soluciones sin mirarnos a los ojos, sin escuchar las palabras del prójimo, sin entendernos, sin aceptarnos. Si saltamos ese proceso largo y enriquecedor, hablaremos de la nueva ley sin pasión, sin compromiso. Si sucede que nos apuramos en elaborarla, en dos años estaremos tal cual.
Pero necesitamos de la Asamblea porque necesitamos del encuentro nacional. Más que la ley, lo sabemos, es el nuevo apretón de manos que los aburridos como Rousseau llaman "pacto social". Darse la mano, jalar una silla y sentarse a conversar imbuidos de buena fe. Sólo así tejeremos una nueva realidad que alcance para todos. Dejemos el bip para las noches de cada día y para las lentas tardes de domingo, ocasión en la que es inevitable pensar en el suicidio.