Hasta ahora, a más de un mes y medio de haberse inaugurado, la Asamblea Constituyente no va para delante ni para atrás. Sigue empantanada. Tras dos semanas de inútil receso, las órdenes "de arriba" ya han decidido que el voto decide por medio de la mitad más uno de los asambleístas. Se acabó el legítimo juego democrático del peso y el contrapeso.
Si esto es así, como lo es, déjenme desarrollar un ejercicio de análisis político, según mi opinión personal, siempre cuestionable. Lo que ocurre es que el Presidente de la República, poco amigo de componendas con la oposición ya a venido a decir, "aquí mando yo". El voto será por mayoría absoluta, y basta. Por su parte, la presidenta de la asamblea, Doña Silvia Lazarte, obedece sin chistar.
La oposición se divide, aún más, entre Samuel Doria Medina, jefe del partido Unidad Nacional (UN) y Podemos. La UN presenta, seguramente con el mejor deseo de lograr una componenda, una salida mixta, mientras que Podemos mantiene la fórmula de los dos tercios. El partido "cementero" sostiene que unas veces se votará por mayoría absoluta y otras por los dos tercios, según la importancia del tema debatido. Una sugerencia imaginativa pero poco práctica, que complica aún más las cosas. Por ejemplo ¿Quién decidirá y bajo qué criterios, cuándo el asunto es de importancia y cuando no? Para unos el tema será importante, mientras que para otros, será intrascendente. Entonces, los debates se alargarán hasta el hastío y la ineficiencia. Ésta no es pues la solución sino un nuevo enredo. Otro motivo de división y de empantanamiento.
A esto se agrega el hecho de la movilización de las "milicias" campesinas que comanda el partido de Gobierno que amenazan con su sola presencia en Sucre a los asambleístas que no marquen el paso impuesto por el Ejecutivo. ¿Qué libertad de expresión puede ejercitarse bajo esta amenaza?
Si el MAS continúa con su intransigencia, y el garrote amenazante, bajo las órdenes del Ejecutivo, dueño del circo, los partidos opositores tienen dos opciones: o la decisión "heroica" de retirarse, como hicieron los partidos venezolanos frente a la grosera aplanadora de Hugo Chávez, actitud que, por cierto, y no les sirvió para nada, mantenerse en su desmantelada trinchera, aunque sólo sea como un gesto testimonial. Al menos, desde allí podrán mostrar a la ciudadanía, mediante la prensa -con tal de que ésta refleje la realidad de los hechos y no camufle lo que no le conviene- los errores y peligros a los que conduce el MAS dominante. Y, de paso, ganar algún prestigio ante la ciudadanía. Un prestigio que podía darse por perdido.
Una vez establecida la Asamblea Constituyente por el voto popular, sus actores deberían saber ganarse el respeto ciudadano. Pero si aquello se convierte en un gallinero, merecerán el desinterés, si no la burla de la gente. Y lo que es peor, retardarán "sine díe" la normalización del ordenamiento jurídico del país ya que, una vez que la Asamblea fue declarada absolutamente soberana, todo el resto de la estructura del Estado ha pasado a la condición de provisionalidad, hasta que el gran foro de Sucre dicte cuál es la norma suprema que ha de regir la Nación.