La coima es una práctica antiquísima y casi universal, y es por ello que no me sorprendió la noticia publicada en el matutino "La Prensa" el índice de corrupción alcanzó en Bolivia el año pasado un valor de 1,26. Significa eso que 13 de cada 100 trámites se resuelven mediante el pago de un soborno".
Sin embargo, la noticia me interesó y continué con su lectura con la ilusión de que al final de la crónica se publicaba también a algunos consejos para perfeccionar tal práctica, no hallándolos porque no es tan fácil sobornar a un empleado o a un funcionario por temor a encontrarte con una respuesta indignada de rechazo que te diga: "me parece que usted me está insinuando una coima y eso no le consiento porque yo soy pobre pero honrado".
Como me gusta engañar a mis lectores, debo decirles que esa frase de "pobre pero honrado" siempre me pareció algo "boludí" en este país donde hay tantos pobres y tan pocos honrados, cuando la frase más correcta debería ser "soy rico pero honrado", porque no creo mucho en los alardes de pobreza general que hacen los dirigentes políticos de nuestro país.
Para tranquilizar la conciencia de muchos tal vez convenga pensar en que no es errado hablar de "la maquinaria del Estado" y que por lo tanto esa maquinaria necesita de aceite para que funcione eficientemente (como toda maquinaria), y como nuestro presupuesto fiscal es pobre corresponde a los ciudadanos contribuir con un botellín de aceite para lubrificar sus piezas, permitiendo así que la mencionada maquinaria del Estado funcione mejor y pueda durar más años.
De acuerdo a esta teoría mía, la coima o el soborno no es otra cosa que un buen aceite lubrificante que no daña la moral de quien la recibe sino que incrementa sus ingresos pues gana poco desde que el Presidente Morales disminuyó los sueldos de los funcionarios públicos y nadie puede ganar un sueldo mayor que el Primer Mandatario, medida errónea porque ahora ningún ciudadano eficiente, o técnico profesional, quiere ganar una birria de sueldo si en el exterior puede ganar diez veces más.
Lo único malo que yo veo en este suministro particular de aceite a la maquinaria del Estado es que se regule los ingresos extras del empleado o funcionario para que el Estado pueda aumentar sus ingresos mediante la cobranza de impuestos sobre las coimas o sobornos, pues así ganaríamos todos y no solamente el empleado o funcionario que recibe la coima.
Anoto además el hecho de que la coima recibida por el servidor público tampoco favorece a su esposa e hijos porque no figura en su liquidación mensual y nadie está en conocimiento de ese ingreso extra caído del Cielo pues el soborno o la coima se derrocha secretamente, a veces con señoritas de honor distraído.
Concluyo esta crónica porque en este momento "debo culminar un pequeño acto de corrupción administrativa", como dice un amigo chumeño.