El debate sobre la altura de la presa de Misicuni bajó de tono a fines de la semana pasada luego de que una tercera corriente de opinión recomendara que se comience por los 85 metros como paso inicial, contrastando con las otras dos que, cargadas de buena dosis de intransigencia, cuando no de los infaltables intereses creados, parecían oscilar entre los 120 y la nada.
Contribuyeron a disminuir la resonancia de la discusión las informaciones relativas a que los 85 metros cuentan con financiamiento asegurado de Italia, el cual podría revertirse si se planteaba modificar lo convenido, por un lado, y a la notable pérdida de tierras necesitadas de regadío a causa del crecimiento de la ciudad y su periferia, por el otro.
En este marco, lo racional es ir gradualmente y no correr el riesgo
de que todo quede como está, gracias a una millonaria inversión, hasta tanto se den nuevas condiciones, sin que ello signifique el desahucio del carácter múltiple del proyecto original.
Si hubiese el dinero suficiente para los 120 metros, pues bien. Empero, este no es el caso. Más aun, si el componente riego pierde justificación en la realidad, la dotación de agua potable y la generación de energía podrían caminar de la mano de la demanda, que siempre será ascendente.
Cuidado que perdamos la soga y el cabrito, como algún sensato ya lo ha advertido...