Así estamos ahora los bolivianos. O ponemos una cruz en la papeleta por quien presente, a nuestros ojos, la lectura más seria de nuestro escenario actual o anulamos nuestro voto con una espada. Y la probabilidad de que no estemos locamente enamorados de una de las candidaturas es muy alta. El país está cuadriculado por las cicatrices de todas las guerras: la del agua, la del gas, la de baja intensidad que nos hace soportar corrupción, demagogia, mentiras de un sistema de partidos que arrastra hace años sus vicios y que no logra ser reemplazado por las relativamente nuevas conformaciones políticas. De partidos políticos paridos por una aristocracia sentada sobre las espaldas del indio hemos pasado por varias etapas que no se han limpiado de una lógica prebendal en su relación con la población votante hasta llegar a este punto de inflexión: una línea que intenta separar los partidos estrictamente políticos que pugnaron con relativo éxito hasta que aparecen partidos que son primero, y sobre todo, movimientos so iales. Sobre esa línea se puede trazar una aún más firme, que es la que separa la forma de hacer política antes del 2003 de la que el país exige hoy en día: desde el Altiplano con sus bloqueos de caminos, pasando por El Alto y su interés por la política hidrocarburífera hasta el oriente con su demanda autonómica en sus sectores económicamente dominantes (y no por esto carentes de legitimidad) al lado de las demandas de los pueblos originarios del oriente.
Este largo capítulo de transición que le ha doblado el brazo a Carlos Mesa y que Eduardo Rodríguez intenta atravesar con pragmatismo y astucia nos lleva a un proceso eleccionario que definirá un nuevo paisaje de fuerzas políticas. Con sangre y temor se ha llegado a este escenario que plantea desafíos de distinto tono según las posiciones ideológicas. Para los partidos políticos que llaman tradicionales está cantada la urgencia de una renovación no sólo de su liderazgo sino de sus propuestas frente a las demandas impuestas por el bloqueo de caminos de tierra o por el bloqueo de aeropuertos internacionales. Para los partidos no tradicionales que han generado turbulencias en el interior del Parlamento otrora levantamanos la exigencia de actuar con mayor coherencia y de leer el ser del país desde una perspectiva nacional e inclusiva. Para las fuerzas en proceso de conformación (a partir de instancias con historia ya larga como la de algunos sindicatos) la madurez de sobrevivir a la falta de cohesión entre sus pa tes (como hemos visto con sectores evistas, joaquinistas y, por qué no, felipistas). Para las nuevas siglas herederas de la crisis partidaria, la inteligencia para hacer una oferta completa y compleja intentando, por ejemplo, quitarse el aroma a mirismo (Samuel Doria Medina) o limpiarse la tinta banzerista (Jorge Quiroga). Menuda tarea para ellos que aún gatean en su programa nacional y santa paciencia para los otros, quienes seguimos entre la cruz y la espada.