En los últimos años en Bolivia se ha hecho costumbre el que nos den "gato por liebre". Cuando nos dicen, por ejemplo, que en octubre del 2003 se vivió una "insurrección popular", en lugar de un acto de sedición; o que "debemos recuperar la propiedad de nuestros hidrocarburos", en lugar de decirnos que simplemente se quiere estatizar; o que "se debe dar la tierra a los más pobres", en lugar de reconocer que se expolia la propiedad legalmente constituida; nos están desinformando.
Ya vivimos un caso similar (y desastroso para Cochabamba), con la llamada "guerra del agua". Nos hicieron creer que la recuperación de Semapa de manos extranjeras nos aseguraba un servicio barato y eficiente (es evidente que el contrato firmado entre el Gobierno y la empresa Bechtel no era favorable a los intereses de esta ciudad, pero hay otros medios para resolver esos defectos). Hoy en día, Semapa se debate entre serios problemas financieros y de gestión, que ponen en riesgo su existencia. Siendo una de sus opciones subir las tarifas, la legitimación de los resultados de la "guerra del agua" hace imposible recurrir a ella. Entonces, no le queda más que languidecer a costa del agua que recibe de Misicuni y no la paga, mientras no aparezca una "solución salvadora" o un "sinceramiento" de quienes nos han llevado a esta trampa, para así efectuar una seria y eficaz "reingeniería" de la empresa, que nos garantice el mejor servicio posible, pues el agua es un bien básico e indispensable. Igual futuro le espera a la empresa que se hará cargo del servicio de suministro de agua potable en las ciudades de La Paz y El Alto, cuyo costo de "retoma" lo vamos a pagar todos los bolivianos.
A pesar de esa experiencias, nos estamos acostumbrando a que dirigentes sindicales y cívicos, políticos y formadores de opinión nos "vendan" consignas que suenan como cantos de sirena, obnubilándonos y haciéndonos caer en trampas sociales y económicas, las que nos están llevando al extremo de poner en serio riesgo el mismo futuro del país.
Para peor, los candidatos a las elecciones generales de diciembre están presentando versiones "edulcoradas" y sosas de planes de gobierno, que en esencia nada dicen sobre lo que efectivamente quieren hacer o podrían hacer en caso de acceder al poder. Es mucho lo que nos jugamos a fin de año para recibir desinformación irresponsable o premeditada, lo que puede desembocar en errores de apreciación a la hora de emitir nuestro voto, con los consiguientes efectos de desencanto y sorpresa que conlleven, una vez que el nuevo gobierno comience a aplicar políticas que no fueron puestas a consideración del electorado. Las consecuencias pueden ser muy graves y experiencias vividas no nos faltan.
La única forma que tenemos de contrarrestar la ofensiva de desinformación que sufrimos, es el cuestionamiento permanente a esos "slogans", el conocimiento cabal de los antecedentes de cada candidato y su equipo de colaboradores, el análisis prospectivo serio de las opciones que se nos presentan para definir nuestro futuro nacional y el conocimiento de las reales implicaciones que tendrán nuestras decisiones y actos, ya sea a través de elecciones, referendums, "guerras" u otras formas de toma de postura, cuyo alto precio ya estamos comenzando a pagar, reflejado en un Estado cada vez más pobre y débil, ausencia de inversiones que generen empleos, pérdida de la seguridad jurídica, aumento de la violencia y la inseguridad ciudadana. Y todo ello a cambio de nada, o peor, a cambio de un "nuevo país", que es caricatura de país.
Si tenemos elecciones generales en diciembre, es de esperar que nuestro voto sea dado a aquel candidato que responda a nuestras expectativas de país, gracias a una propaganda seria que exponga claramente cómo va darnos las condiciones para crear o consolidar el país que deseamos. En caso contrario, la factura que nos pasará la desinformación seguramente será muy cara.