Se siente algo como de turista en Sucre, paseando en el cementerio en medio de los mausoleos… ¡de los que fueron! Porque sí fueron, y muy importantes: fundamentales en la historia moderna de Bolivia -lo de "moderna" es sólo un recurso de contemporaneidad, no una descripción de situación-, protagonistas en grados mayores o menores de momentos y de coyunturas esenciales.
¡Pero ya no son más! Han tenido el gesto caballeroso de disponer ser ellos, en persona, quienes redacten su epitafio. El responso lo rezamos todos -¡faltaría más ante semejantes personajes!-, pero el epitafio lo han labrado ellos. Decidieron reconocer su muerte pero, lamentablemente, no están logrando un entierro de pompa y circunstancia. Y es que no se trata de muertes heroicas: son muertes por cansancio.
Porque habrá que reconocer que ADN llegó a su crisis terminal al mismo tiempo que su líder. Lo que vino después fue juego, manipulación, manejo de sigla electoral y cálculo personal. Los adenistas de hoy -asumo las excepciones- son los que se han tragado la espalda que Tuto les dio en el 2002 y aparecen buscando cualquier cosita, a pesar del desprecio con que los trata a ellos y a su sigla, el nuevo candidato. Porque les dio la espalda y los llevó a ese catastrófico tres por ciento, origen de reproches, acusaciones y renuncias que hoy, ante la posibilidad de un triunfo -léase embajadita, ministerito o más probablemente viceministerito, diputanciocita-, se han tragado sin agua, y son acólitos: en su tumba, ¡ni siquiera aparecerá el nombre de ADN!
¡Hay que replegarse a las regiones! Es el jefe histórico del MIR el que manifiesta y comunica a la nación que su partido ya no es nacional. Que ya no es lo que fue. Que a lo sumo que puede aspirar es a alguna prefectura departamental. Porque, por mucho que intente hacer don Hormando después de su empecinada resistencia a la autocracia mesista, no logrará sino la ficción de que el MIR todavía tiene candidato a Presidente… ¡sabiendo que no va a ser Presidente! Pero disputando la lápida para poder escribir algo que no sea la confesión de su muerte.
Pero la muerte que más pena me da es la del MNR. Fui su candidato a la Alcaldía de la capital de la República -¡lo hice con mucho orgullo!-, pero no es por historia personal que me da pena: ¡es por historia de Bolivia! Sigo sosteniendo que ningún partido ha intentado construcción de Estado nacional como el MNR y tengo la convicción de que Paz Estenssoro ha sido -¡de lejos!- el mejor Presidente y el estadista con mayor visión de historia y de futuro. No tengo la menor de las dudas de que el primer Goni fue el mejor sucesor y el que entendió la necesidad de transformar Estado. De los muertos de hoy el MNR es, sin comparación, el más grande de todos. Paradójicamente el que debería haber elegido una tumba sencilla y floreada como la que proyectó para él don Víctor Paz -¡los hombres grandes siempre eligen formas sencillas de homenaje póstumo!-, eligió la algarada para proyectar una caricatura. Perdón, ¡ni siquiera caricatura! Porque su candidato es un paradigma de la falta de historia política, de ausencia de ontenido -¡no se acuerda por quién votó!-, y un símbolo de la falsa carta que algunos tratan de jugar ¡pensando en Fujimori! Me da pena, porque los grandes deberían saber morir. La muerte del MNR no es un suicidio de samurai orgulloso: ¡es la caricatura de un harakiri!