Octavio Paz es un océano de sideral vastedad y profundidad. Y posee un estilo de belleza incalculable para pulir reflexiones históricas. Pocos como él sintonizaron con su tiempo y con las corrientes profundas que le subyacen y tejen su rostro futuro. En 1967 escribe Corriente alterna, libro lúcido para señalar que el mundo desandaba la avenida ideológica para empezar a caminar por la senda cultural. La historia retornaba a sus dilemas primigenios y retomaba el viejo léxico: razas, pueblos, identidades, lenguas y religiones, y con sus diferencias, los choques (y shocks) culturales y civilizatorios.
O sea, la irrupción de los otros. Pero de otros que no declinan en su ser, sino que más bien lo reafirman. No más conversión, sino revalidación. Además, todos metidos y encajonados en las ciudades modernas: las nuevas realidades supraproblemáticas (¿Pueden llegar a ser las ciudades tan mortíferas como la bomba? Los otros ya no están más allende los mares y cruzando las fronteras, sino llevando sus biografías en espacios (com)partidos. Y este otro, no trae la afluencia de relaciones y comunicaciones, sino la inmersión en los yoes culturales. No se despierta ni siquiera la curiosidad, se activa más bien el temor. ¿Las urbes son acaso los nuevos paraísos perdidos?
Y allá donde ponemos el dedo salta la llaga: discriminación, racismo, exclusión. Y luego el pus: humillación, resentimiento, rabia. Dolores hondos y largos que se pierden en la lontananza de las vidas. Y circulando a velocidades eléctricas en los medios masivos prejuicios y estereotipos. Descalificaciones y justificaciones. Maniqueísmos que ubican de un lado las virtudes y asignan del otro los vicios. Y en el interior de las personas, la desconfianza, el miedo y los fundamentalismos -esas emociones nocivas que emponzoñan las almas y ensombrecen las comunidades.
Paz escribe: "En Occidente, el tiempo rectilíneo postuló la identidad y la homogeneidad; por lo primero, negó que el hombre es pluralidad: un yo que siempre es otro, un desemejante semejante que nunca conocemos enteramente y que es nuestro yo mismo; por lo segundo, exterminó o negó a los otros: negros, amarillos, primitivos, proletarios, locos, enamorados -a todos los que, de una manera u otra, eran o sentían distinto". Hoy vivimos el afloramiento de las diferencias, la volcanización de las particularidades.
Y del roce de las diferencias, del contacto de las particularidades, brotan chispas y rugidos. Relámpagos que pueden calcinar el humanismo. ¿Dónde mirar? ¿Qué sol nos puede iluminar en estos días de tormentas culturales? "En el diálogo está la salud". Paz nos da la clave y la llave de la fraternidad. Y será la presencia/ausencia de ese diálogo lo que marcará el ritmo, la densidad y el sentido de la historia.