Bolivia arrastra un régimen presidencialista rayano en el caudillismo. No obstante las 17 constituciones reformadas, no ha podido recortar las atribuciones presidenciales y hacer de este cargo uno más moderno, expeditivo, de mayor delegación de atribuciones ya que hoy demanda un promedio de 15 horas de trabajo, lo que no es lógico, ni necesario.
El Poder Ejecutivo lo ejerce el Presidente y sus ministros, elegido por voto directo y por cinco anos. Puede ser reelecto por una sola vez, después de transcurrir al menos cinco anos. Ministros de estado o presidentes de entidades oficiales no pueden ser electos sin haber renunciado seis meses antes, ni parientes consanguíneos, ni oficiales de las Fuerzas Armadas en ejercicio. De no obtener mayoría absoluta, el Congreso por mayoría puede elegir Presidente y Vicepresidente, de entre los dos más votados. El Presidente jura ante el Congreso. El vicepresidente reemplaza al presidente, y preside el Congreso siguiéndole en jerarquía los presidentes del Senado y de Diputados. Esta inteligente previsión impidió el vacío de poder que se produjo recientemente por las sucesivas renuncias presidenciales.
El Presidente no puede ausentarse sin permiso del Congreso y entre sus atribuciones están cumplir y hacer cumplir las leyes, expidiendo decretos y órdenes, negociando tratados internacionales, conduciendo las relaciones, nombra embajadores y cónsules. Convoca a sesiones extraordinarias del Congreso, administra las rentas, decreta la inversión, presenta presupuestos para la gestión financiera y la cuenta de gastos anualmente, así como los planes de desarrollo. La sola enumeración de estas tareas, significa un enorme trabajo que no podría ser realizado sin el apoyo de expertos por lo que, los presidentes confían a un gabinete técnico bajo la responsabilidad de un Primer Ministro o Jefe de Gabinete, reservándose las macro decisiones que requieren de un tratamiento mayormente político.
Ningún mandatario puede asumir el cúmulo de tareas que le asigna la Carta Magna por lo que cada vez son más los Estados que rebajan sus atribuciones y le facultan delegar ciertas tareas a un inmediato colaborar, que como en Francia e Italia se denomina Premier.
La CPE le asigna hacer cumplir las sentencias de los tribunales que son peyorativas puesto que tratándose del campo judicial no le corresponde, aunque sí cuando le ordena nombrar al Contralor, al Superintendente de Bancos, y a los presidentes de las Instituciones del Estado, incluye una larga lista de funcionarios de menor rango sin razón valedera.
La obligación de conservar y defender el orden interno y la seguridad exterior, va emparejada a la designación del Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, a los de cada una de sus ramas y del Comandante General de la Policía y proponer los ascensos a generales de fuerza, de división y de brigada a almirantes vicealmirantes contralmirante y a generales de los postulantes según sus méritos y promociones. Se explica entonces que el grado de Capitán General de las Fuerzas Armadas esté adherido al de Presidente Constitucional. El presidente designa a sus representantes ante la Corte Electoral y ejerce la máxima autoridad en el Servicio de Reforma Agraria otorgando títulos ejecutoriales, tiene que firmar uno por uno, tarea que le consume muchísimas horas y retrasa su entrega a los campesinos que desde su creación 2 de agosto de 1953, todavía están en la cola de espera. Porqué no habilitar un funcionario de alto rango que expida más rápidamente?
En cuanto a caudillismo la CPE tiene que preservar de este peligro a la sociedad boliviana evitando dosis de poder que no estén limitadas por la democracia. Históricamente el Continente Sur no ha estado exentos de este fenómeno negativo con múltiples ejemplos de México con Porfirio Díaz a la Argentina con Manuel de Rosas y no estamos hablando de tiranos sino de caudillos, que con ciertas características se repiten en sus versiones modernas, así el caudillismo, caciquismo, corporativismo o clientelismo se dio renovado con Somoza, Strossner, Perón arropados del respaldo de las masas como un "ordenamiento racional" según lo describe John Pérez Sanpedro en su "tipografía caudillista", fuerza interior orientada hacia la búsqueda incesante y obsesiva del poder, cuya evidencia histórica habría inspirado a Sarmiento con Facundo , a Gallegos con Doña Bárbara a Ciro Alegría con El mundo es ancho y ajeno allí se repite la figura del líder local con poder casi absoluto en lo económico, político y social donde ejerce la violencia física o moral para que sus deseos se impongan.
El cacique o caudillo se adapta a las circunstancias, controla a la sociedad en base a pequeños caciques, sus favores son sus dones y el trueque por la incondicionalidad. Puede conceder cierta autonomía, nunca si amenaza la estructura de su poder. Si hay vacío de poder, ausencia de autoridad, aislamiento de regiones, ahí surge el caudillismo. El autor citado asegura que "la reaparición del caudillismo es una triste realidad la variante es, que ahora no es el clásico hombre fuerte militar que llega al poder mediante el golpe, ahora está respaldado por la nueva izquierda, organiza partidos, se apodera del voto de incautos, desesperados, incapaces e indígenas, tienen ahora una nueva identidad, una nueva razón de ser. Habla de Castro, de Chávez, de Lula y de Evo Morales que se perfila como el próximo caudillo del empobrecido país". Ni siquiera Néstor Kirchner se libra de estas aproximaciones al caudillismo, al eliminar a sus opositores en la Corte Suprema y en las Fuerzas Armadas. Sin compartir plenamente con Pérez Sanpedro, no se puede ignorar el riesgo de alentar esta figura deformante de la democracia en la formulación de la CPE, que debe frenar la tentación de caudillaje que pudieran tener algunos políticos sin aprender del pasado. Lo que debe figurar es el atributo presidencial para actuar con poderes extraordinarios en caso de guerra o de conmoción interna y decretar estado de sitio por un período limitado salvo el caso de guerra civil o de conflicto internacional.