Cochabamba - Bolivia
Viernes, 29 de julio de 2005

 
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De ejecución inmediata
Aspectos políticos de la regulación
Por:WILLIAM KUSHNER DÁVALOS

¿Cuánto control y cuánta derecha hacen falta para que la regulación sea fiable para los inversores y cuánto discurso y cuánta izquierda hacen falta para que la regulación se justifique socialmente? Es un dilema ¿o no?

La difusión de la fórmula de regulación sectorial es una tendencia mundial que va dando paso al Estado Regulador. Las dos etapas anteriores a este fenómeno han caracterizado las labores del Estado. Es así, que de un Estado de Bienestar se ha dado paso a un Estado Neoliberal. Hoy, con la velocidad de la difusión de la fórmula, se está dando lugar al Estado Regulador.

Sin dejar de lado lo mucho que hay por discutir, esta vez pretendo describir la naturaleza y funcionalidad que se le atribuye a la fórmula reguladora. De esta manera, podremos aclarar públicamente los dilemas relacionados a ésta.

Si hacemos un poco de memoria, el Estado de Bienestar vino a posicionarse como una alternativa para la generación de empleo y, fue a través, de potenciar la demanda ciudadana de servicios públicos. Bajo esta lógica el estado empleaba a un sin fin de trabajadores para la producción de éstos servicios que, por su lado, garantizaban el bienestar social. La fórmula puede traducirse en: estado empleador y estado prestador de servicios.

Ya sin hacer tanto esfuerzo de memoria, recordemos que el Estado de Bienestar terminó quebrado. Las demandas demagógicamente crecientes asfixiaron a dicho estado. En democracia y con la libertad de expresión, manipulada políticamente, era imposible mantener la economía saneada. El endeudamiento y la crisis vinieron seguidas de los discursos populistas irresponsables.

Emergió entonces, el Estado Neoliberal que resaltó las complicaciones y la falta de incentivos en la administración y prestación estatal de los servicios públicos. Al mismo tiempo, demostró la imposibilidad de generar eficiencia y responsabilidad económica. Se evidenció que bajo el anterior modelo, de dependencia del discurso demagógico, el déficit era cosa de todos los días. Por consiguiente, el equilibrio del mercado, predicado por los neoliberales, representó una oportunidad para remediar las patologías de las economías públicas. La privatización se puso de moda. El mercado no dependía más de la demagogia.

Al mismo tiempo, se creyó que el mercado podía ser un gran empleador. Sin embargo, las nuevas tecnologías y la competencia exigían eficiencia no beneficencia. La especialización y la tecnología, vinieron y seguirán calando profundo en el individualismo y la obsesión capitalista de las personas dejando de lado toda idea de sociedad. Es así como la movilidad de personas destruye familias, las obsesiones capitalistas sin límites defraudan Estados.

Dos corrientes nos explican este asunto. Una, que el fraude no es intencionado, se debe a la insuficiencia de información para la correcta toma de decisiones. Es preciso generar instituciones que reduzcan los costos de información y que sean creíbles. Otra, menos neoliberal, exige la moderación de la conducta del mercado que no solamente induce a conductas fraudulentas producto de la ambición de las personas, sino que tampoco se produce el efecto rebalse esperado.

El efecto rebalse fue la promesa, técnicamente expuesta, de que el progreso capitalista iba a repercutir de manera positiva en todos los estratos sociales. Es decir, el empleo y la capacitación venían de la mano de una lógica empresarial beneficiosa. De haber sido acertada la promesa, no veríamos la forma en la que el mercado discrimina a las personas. Lo lamentable no es que el mercado prive a los bolivianos de tener (todos) un Mercedes Benz en el garaje sino, que el mercado de los bienes y servicios básicos es el que discrimina a las personas.

De ahí que nace la fórmula de la regulación. Los demagogos ya no son creíbles para los entes financieros, el populista de hoy cumple con el pago de la deuda; el grado de especialización, para manejarse en los mercados, es un lujo que el presupuesto de recursos humanos de la administración pública no puede darse. El juego competitivo no puede cumplirse si la política corrupta beneficia a sus partidarios. Y, el horizonte temporal de los gobiernos no garantiza la estabilidad para los inversores.

El neoliberalismo sin instituciones fiables que regulen la actividad económica (competencia), por un lado, y el neoliberalismo sin instituciones que se preocupen por la redistribución equitativa de la riqueza (desigualdad), por otro, son dos razones: una de derecha y la otra de izquierda que se cuestionan y dan pié a la idea de la regulación.

Muchas de estas ideas han sido difundidas transnacionalmente, no todas ellas pueden encajar con la realidad vivida en Bolivia. Pero sí se encuentran en el debate y forman parte de los cuestionamientos, especialmente, cuando experimentamos el isomorfismo institucional. Vale decir, cuando copiamos instituciones producto de otras realidades sin poder terminar de comprender su ¿para qué?

Hoy, necesitamos reguladores que no sean irresponsables como los demagogos, que sean especialistas en el complejo manejo del mercado internacional, que sean bien pagados para no tener servidumbres políticas ni empresariales y que se garantice la permanencia en sus funciones. Es evidente, el regulador importa, pero la "calidad de la regulación" aún más.

Si una regulación fuera perjudicial para los intereses de desarrollo nacional, la honestidad del regulador sería cumplir con sus atribuciones y perjudicar según dicta la norma. Más allá del quién, si la regulación no justifica su validez económica y social ¿de qué sirve discutir tanto sobre los nuevos superintendentes? ¿Cuánto control y cuánta derecha hacen falta para que la regulación sea fiable para los inversores y cuánto discurso y cuánta izquierda hacen falta para que la regulación se justifique socialmente? Es un dilema ¿o no?

El autor es master y doctorando de Gobierno y Administración Pública de la Fundación Ortega y Gasset, reside en Madrid.


 
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