Se sabe que a mayor información las personas toman mejores decisiones para defender sus intereses. Lo mismo se aplica en las sociedades, sin embargo, la diferencia entre individuos y sociedades está en que si se suma de manera simple toda la información y los intereses de cada individuo, el resultado obtenido es muy difícil de compatibilizar con la información que se maneja en el ámbito social porque ésta no es única; lo mismo pasa entre los intereses individuales y los de toda la sociedad ya que lo que le conviene a unos no es bueno para otros y la suma de todos esos intereses contradictorios es muy difícil de reflejar en un interés común. Para arreglar este lío, el ser humano inventa la democracia y que se elija a los gobiernos por el voto para que los escogidos por la mayoría velen por el bien superior, en el que algunos ciudadanos necesariamente deben perder parte de sus intereses en beneficio del mejor bienestar de la comunidad.
Cuando se está en un proceso eleccionario, y dado que un individuo es un voto y que hay mucho más pobres que ricos, los candidatos suelen transmitir información tendenciosa que no apela a la racionalidad de los individuos y sí a sus instintos y frustraciones, prometiendo solucionar en cuatro o cinco años problemas que llevan decenas sino cientos de años sin ser resueltos y es aquí donde empiezan las complicaciones ya que una vez elegidos se ven imposibilitados de cumplir con lo que prometieron.
Bolivia está donde está por que sus políticos y gobernantes, con muy pocas excepciones, piensan sólo en el futuro inmediato y para ello apelan al voto del pobre, que es el 90 por ciento de la población y que por definición no tiene nada que perder debido a que para ellos sólo existe el mañana y no el pasado mañana y si el gobierno de turno no cumple "mañana" con sus promesas, simplemente cifran sus esperanzas en otro "iluminado" que promete mejor "mañana" y es así que vivimos en un "cortoplacismo" miserable y sin esperanzas de un pasado mañana mejor. Una grave consecuencia de esta conducta es la corrupción, la prebenda y el manejo irresponsable de la economía por parte de los gobernantes de turno, sean éstos congresistas o presidentes, a quienes el pueblo les ha quitado la representatividad social, generándose un vacío de poder que fue aprovechado por algunas organizaciones civiles y líderes sindicales que no creen en la democracia y que mediante su indiscutible poder movilizador se atribuyen una fuerza que pone en peligro la democracia, proponiendo medidas que implican un desastre para el país y un descalabro económico social.
En estas elecciones está en juego el poder del pueblo vía la democracia representativa versus el estado permanente de deliberación que ha conducido a que algunos líderes extasiados por su poder de bloquear y tumbar presidentes afirmen que la democracia no es un gobierno que represente a las grandes mayorías y por lo tanto se debe instalar una Asamblea Popular para encauzar el poder de las calles.
Los políticos y ex gobernantes bolivianos acumulan años de desprestigio y la gente ya no los considera representativos y es de esperar que en estas elecciones los bolivianos no elijamos a políticos populistas del mañana que no pasarán a la historia y serán recordados más por sus errores que por sus escasos aciertos, sino a políticos del pasado mañana, que serán evocados como estadistas que encauzaron el futuro del país y lo rescataron del borde del abismo.