Durante los últimos años, Bolivia ha tenido que batírselas no únicamente con las recurrentes y agudas crisis políticas, sociales y económicas que han llevado a decisiones drásticas en búsqueda de la tan ansiada paz social, la mayoría de las veces producto de la extrema presión social, sino que en medio de estos conflictos e intereses, se encuentra la incidencia y el rol cada vez más cuestionado de los medios/empresas de comunicación, principalmente la TV y los comunicadores, periodistas o presentadores de noticias que son su cara más visible, en este caso, ante los ojos de las audiencias.
En lo que va del año, no deja de sorprender el empeño de algunos medios de comunicación de ocupar los primeros lugares del rating de audiencias, aun a costa de poner en juego el equilibro informativo y su impacto en la sociedad y el desarrollo de los acontecimientos.
En este desbalance del manejo informativo, en ocasiones los medios de comunicación han jugado el rol de incendiarios y agitadores. Las posiciones radicales de uno y otro sector y declaraciones como "no vamos a permitir" o "hasta las últimas consecuencias", ocuparon como pan de cada día los principales titulares, creando una falsa ilusión de legitimidad a toda presión social manifestada.
Lo propio ocurre con la crónica roja y la espectacularidad que adquieren los hechos delictivos e incluso el "baile del chuculum" que de una forma tan "eficiente" y tras un "tenemos las imágenes" se ha vuelto más famoso aun gracias a los informativos, donde los presentadores parecían más bien promotores o managers.
Sin duda uno de los medios de comunicación que ha ingresado notoriamente en la carrera por lograr el rating de audiencias bajo esta lógica -ilógica-, es Unitel principalmente a través de su noticiero central.
Algunos ejemplos bastan como el invitar en un momento de crisis a Roberto de la Cruz, cual analista político y representante "de todo el pueblo de Bolivia", dándole protagonismo cuando en realidad su representatividad y liderazgo se vieron cuestionadas tras las elecciones municipales. La búsqueda del enfrentamiento, la polémica, de captar frases amenazadoras y posiciones radicales, operó como carnada.
La amplia y morbosa cobertura en el caso de la niña Estefani es otro ejemplo. No bastó con informar el hecho, el detalle fue necesario. El periodismo de investigación se impuso, pero en la búsqueda de la descripción morbosa. No se orientó a la población sobre qué medidas tomar para evitar exponerse a este tipo de riesgos, no se prestó atención a la cantidad de casos precedentes y el seguimiento informativo a la suerte de los violadores, menos se recurrió a la mirada de expertos u orientadores. El intento de suicidio del violador volvió a ser noticia en UNITEL y no bastó con difundirla una vez, sino hasta 3 en un mismo informativo con entregas "en vivo, desde el lugar de los hechos".
Si bien es muy probable que este tipo de hechos encuentren sus vías para reproducirse en la sociedad, los medios de comunicación no están jugando un rol protagónico en la construcción de una sociedad más justa y equilibrada, en la prevención, en el cuestionamiento crítico, olvidando parte de las funciones que deben cumplir al ser una de las principales instituciones de socialización en la actualidad.
A los dueños de los medios de comunicación y a quienes han elegido ejercer el periodismo y tienen la posibilidad de establecer un contacto diario con la gente, habría que recordarles que no basta tener tecnología, alcance, rating o carisma, sino que es necesario un compromiso real con la profesión y la sociedad para que la libertad de expresión, la libertad de informar y ser informado no se vean vulneradas.