La nación se halla presa de un descomunal brete, resultando imposible sospechar siquiera cuál la forma de librarse de él ni cuándo sin correr el riesgo de extremos peores que los que le toca vivir.
Transcurrida la cuarta semana de debate insulso e improductivo sobre la reasignación de escaños en la Cámara de Diputados y conocida la posición de la Corte Nacional Electoral respecto de lo impracticable, a estas alturas, de los comicios previstos para el 4 de diciembre, la situación es más enrevesada que al principio del prolongado interregno en que la atención del país volvió a dejar en un segundo o tercer plano la crisis económica que lo agobia desde fines de 1998 y que en circunstancias más propicias tendría que ser motivo impostergable de los desvelos de gobernantes y gobernados.
La danza de fórmulas a cual más ingeniosas aunque disparatadas para eludir el mandato tanto de la Constitución Política del Estado cuanto de una sentencia del organismo encargado de velar por su preeminencia frente a cualquier otro recaudo para enderezar entuertos provocados por la imprevisión y el sectarismo, en desmedro siempre de la normalidad del quehacer nacional, fue característica del torneo de oratoria desde el pasado 22 de septiembre, sin que hubiese asomado en escenario así de deplorable un acuerdo entre las facciones en pugna, sino lo contrario; es decir, la profundización de las diferencias y, lo que es peor, un peligroso brote de confrontación entre regiones, todo en un marco enfervorizado en el que no faltó la fantasmagoría aldeana, como aquella de la inminencia de un golpe de estado o la iza de supuestos pendones independentistas en el distrito más afectado por la omisión causante del desaguisado.
Otro aspecto saliente en el contexto fue el juego de los intereses de grupo y, acaso con mayor intensidad, el de los personales, por encima de los generales de la población que aspira a sustentarse y labrar el porvenir en uso de su laboriosidad y capacidad creativa, desoyéndose las exhortaciones de sus instituciones más representativas, a las que adhirieron otras de más allá de las fronteras, para que el capricho de unos cuantos mal llamados padres de la Patria cediera paso a la sensatez.
De estas hechas, la nación se halla ciertamente presa de un descomunal brete, resultando imposible sospechar siquiera cuál la forma de librarse de él ni cuándo sin correr el riesgo de extremos peores que le toca vivir hoy en términos de desaliento e incertidumbre.
¿Será que todavía hay un resquicio para la reflexión de los responsables de semejante estado de cosas y la enmienda de sus despropósitos de modo tal de que procedan finalmente en apego a la ley como base de la convivencia civilizada que a su vez permita la búsqueda de mejores días, deteniendo la desenfrenada carrera hacia el abismo?
¡Ojalá que así sea!