En el tráfago cotidiano suelen darse conductas que salen de lo común y que merecen ser destacadas como ejemplo digno de imitación en momentos en que el individualismo parece haberse apoderado de cada uno de los habitantes de la ciudad.
Es el caso del conductor de un automóvil de servicio público que al darse cuenta de que sus pasajeros eran ladrones que cargaban el fruto de una de sus fechorías, no trepidó en cambiar la ruta que le habían indicado para arrimarse a un puesto policial del que los malhechores no pudieron huir y donde más bien se entregaron sin ofrecer resistencia alguna.
El hecho es tanto más relevante cuanto que el taxista corrió el riesgo de sufrir una agresión de sus ocasionales acompañantes si no hubiesen estado quizá distraídos pensando en la cuantía y el reparto de su botín, o fueran inexpertos en las correrías delictivas.
Porque lo corriente en situaciones como esa era que el chofer se haga al desentendido y lleve a sus pasajeros al lugar que le solicitaron, sin preocuparse en otra cosa que el cobro del costo de la carrera, probablemente por encima de la tarifa establecida.
Consumado el gesto, es más que seguro que el personaje no reciba ninguna voz de aliento y menos una retribución, aunque sí debe sentirse satisfecho consigo mismo al haber actuado en función de sus principios y su honorabilidad.