El actual presidente del BID, Luís Alberto Moreno, señalaba el mes pasado con motivo del día de la Ética, Capital Social y Desarrollo (24 de febrero), que el "capital humano constituye la piedra angular del desarrollo, la competitividad y el bienestar de las sociedades" y añadía que "con frecuencia nuestra definición de lo que constituye este conocimiento, información o capital humano es limitada e incompleta".
A partir de aquellas frases corresponde hacer un análisis crítico de lo que hemos avanzado hasta el día de hoy en materia de capital social y desarrollo. La CEPAL, hace más de 50 años, a través de su Director Ejecutivo, el economista Raúl Prebisch, denunciaba después de una profunda investigación sobre el comercio internacional entre las economías en el mundo que ese intercambio comercial era injusto por el permanente deterioro de los términos de intercambio que beneficiaba más a los países ricos en desmedro de las economías subdesarrolladas.
Hoy nos debemos plantear la misma pregunta sobre los efectos del proceso de globalización y la inserción de nuestra economía en ese proceso. A pesar de la sustitución de importaciones que iniciamos desde la década de los años 50 del siglo pasado y la diversificación económica en los últimos 30 años, seguimos dependiendo del precio y del comportamiento del mercado internacional con relación a nuestros principales productos de exportación, como es la soya, los minerales y el gas natural. Es decir, medio siglo después, la economía boliviana en gran medida sigue siendo principalmente proveedor de materias primas y aunque muchos productos en el mercado internacional se han "abaratado" por la competencia y la eficiencia de algunos sectores económicos no hemos podido fortalecer nuestros sectores productivos no tradicionales y contar con mercados más justos.
Con la globalización no se ha logrado alcanzar una mayor justicia en el intercambio comercial, a pesar de que se dice que hay más oportunidades, por las demandas éticas crecientes de un mundo globalizado e integrado, donde la información fluye en forma cada vez más rápida y abundante y donde el potencial tecnológico-tanto en su dimensión constructiva como destructiva-es cada vez mayor y que para sacar provecho económico y social del nuevo conocimiento técnico, de las nuevas tecnologías y nuevas formas de producción, requerimos sociedades más abiertas y justas, y entornos más estables y confiables. Es decir, mayor capital ético y social.
Aquí está el gran desafío. Debemos lograr un comercio más justo para nuestros productos haciendo que sea prioridad de todas las instituciones de desarrollo y de otras entidades públicas, privadas y civiles interesadas, no quedarse en el discurso de sólo apoyar la formación, diseminación y aplicación del conocimiento ético y el capital social en nuestras sociedades, sino concretizarla con acciones que permitan mejores salarios, mejor distribución de los ingresos y que disminuyan las grandes brechas sociales, los niveles de exclusión, y las profundas inequidades en el acceso a educación de buena calidad, salud y oportunidades productivas y laborales. Ese es el gran desafío de los próximos años.