Al margen de quien tenga razón en los problemas de propiedad, técnicos, jurídicos, financieros y administrativos del Lloyd Aéreo Boliviano, los ciudadanos, simplemente como tales y como usuarios, vemos con profunda preocupación lo que ocurre en esta empresa que se acerca a un siglo de vida y de prestigio, en un país que necesita de la aviación quizá como ningún otro en todo el mundo.
Después del fatídico 11 de Septiembre de 2001, las empresas de aeronavegación, sin excepción, sufrieron un golpe mortal que terminó en la desaparición de algunas de las más importantes, en la fusión de otras y en reducción de costos en todas, lo que ocasionó una disminución en la calidad del servicio, sobretodo en aire. El LAB, milagrosamente, aumentó el número de sus naves, amplió sus rutas internacionales y la frecuencia de vuelos en casi todos los destinos, como una especie de desafío a la adversidad.
Obviamente se aprovecharon circunstancias especiales, producto también del atentado a las torres neoyorquinas, porque bajaron los montos de alquiler de los aviones y mejoraron las condiciones del sistema leasing. Para los usuarios, era evidente el cambio positivo de administración, después de la nefasta experiencia con la VASP.
Todo parecía normal hasta la huelga de pilotos que originó la secuencia que pone a nuestra línea aérea bandera al borde de un verdadero colapso. Si el motivo hubiera sido la demora en los pagos de sus remuneraciones, su actitud hubiera sido comprensible, pero desde el primer momento dijeron que lo que querían era comprar las acciones del señor Asbún, que no estaban en venta. Nueve días de paralización de actividades, son un golpe mortal para cualquier empresa de este tipo porque no sólo se pierden ingresos, sino mercado y prestigio, peor si de por medio se inicia una intervención estatal, porque la simple palabrita implica la inmediata y lógica susceptibilidad de los propietarios de naves alquiladas y de todos los acreedores; además, claro está, de los organismos que regulan la aviación internacional.
Esta nota, no pretende defender una u otra posición, con una de las cuales lamentablemente se ha parcializado el Gobierno, que debería mantenerse imparcial hasta determinar exactamente las responsabilidades. El objetivo es llamar la atención general sobre una serie de irracionalidades que terminarán registradas en la historia, como un triste episodio que culminará en la destrucción de una de las empresas de aeronavegación más antiguas del mundo, que lleva en alto el nombre de Bolivia por los cielos de América y, recientemente, cruzando el Atlántico hasta la capital española.
Que el señor Asbún hubiera engañado a la VASP en la compra de su paquete accionario, es cosa entre privados que debe resolverse en la justicia y entre ellos. Que existen irregularidades en el manejo, en el cumplimiento de obligaciones con las AFP y otros acreedores, parece evidente, pero el Estado tiene la potestad y los mecanismos legales para aplicarlos y esclarecer la situación.
La solución de este grave problema que afecta a un servicio esencial para los bolivianos, no está en las huelgas ni en las presiones. Hay que buscarla en un esfuerzo común, en un amplio diálogo de concertación entre los sectores involucrados con el papel regulador y fiscalizador del Estado, siempre al amparo de la ley.
Ciertamente, el LAB estaba mal por dentro antes de la huelga de pilotos y de la intervención. Ahora, está peor. Lo grave es que también está mal por fuera, porque su enfermedad ha sido difundida con verdadera irracionalidad, que practica también la competencia que ha iniciado una vergonzosa publicidad situándose en primer lugar, pero no gracias a su eficiencia, sino a la tragedia de su competidor.
Quizá la solución esté en la identificación clara de objetivos para lo que es preciso determinar prioridades. La primera es la supervivencia del Lloyd Aéreo Boliviano, los intereses personales deben ser siempre secundarios frente a la necesidad de mantener un servicio de interés común.