Cuando el conocimiento científico, en cualquier campo de la ciencia, alcanza cierto desarrollo y madurez, generalmente causa desazón y rechazo, por la simple razón de que la explicación de la realidad generalmente ya no responde a lo que deseamos; el mundo, explicado por la ciencia, ya no se comporta en correspondencia a nuestras expectativas. Antes los problemas parecían ser más sencillos de solucionar, porque las supuestas soluciones eran forzadas a adecuarse a lo que deseábamos. Ahora la ciencia nos muestra ciertas soluciones que, ciertamente, son poco menos que inaceptables para ciertas concepciones ideológicas.
El desarrollo de la teoría económica, con el advenimiento de la Nueva Macroeconomía Clásica, ha llegado a ese umbral que nos obliga a afrontar la realidad; aunque la misma no sea de nuestro total agrado. Los economistas tenemos actualmente la ingrata tarea de mostrar una realidad que generalmente no agrada a los políticos, a los denominados analistas sociales, a los operadores de la política económica y a nuestros propios colegas que construyeron su credo con base en las viejas teorías. Infortunada tarea ciertamente, porque a nadie le gusta que alguien, de manera recurrente y porfiada, le esté haciendo notar sus errores, sin embargo, desde el campo académico no se pueden o, con mayor precisión, no se deberían hacer concesiones.
Creo que todos deberíamos aprender de nuestros errores; sin embargo, eso no es tan sencillo como parece. El problema radica en nuestra limitada capacidad para aceptar nuestros errores, más aún si éstos son descubiertos por otros, y nuestra también limitada razón para entender qué es lo que hicimos en el pasado. En un mundo dinámico e incierto, cuando realizamos una acción poco sabemos de las implicaciones que tendrá a futuro y ello, en cierta medida, no nos permite saber con precisión qué es lo que habremos hecho. En el ámbito económico la situación se hace más compleja, en tanto que los nuevos conocimientos que adquirimos van modificando las explicaciones de aquello que hicimos en el pasado; así, en un mundo donde el pasado cambia, es tremendamente complejo entender el presente y, más aún, querer predecir el futuro.
No se trata de que tengamos poca memoria de nuestros errores, se trata de que quienes fueron seducidos por las viejas concepciones económicas no asumieran en su momento sus errores y, por tanto, son proclives a volver a repetirlos. Llegará el momento en que la realidad, de manera dolorosa y cruel, nos haga ver que nos equivocamos; lamentablemente, para ese entonces, el costo del error ya habrá sido pagado. En ese marco, la tarea del economista es mostrar a los políticos que quieren tomar decisiones por todos nosotros, a los analistas que buscan diseñar modelos en correspondencia a sus creencias, y a nuestros colegas que no aceptan la necesidad de reescribir la historia económica para darnos cuenta de los errores que cometimos, que requerimos aprender las lecciones de la historia que no nos fue posible interpretar y, fundamentalmente, que el orden económico existente, al que los economistas denominamos modelo, si bien es el resultado de la acción humana, no es el resultado del designio humano.