Cabe reconocer, en las vísperas del Día Internacional del Trabajo, que el socupado es el protagonista más sufrido de los tiempos que nos ha tocado 0vivir, pues carece de toda protección y amparo.
Mañana, Primero de Mayo, fecha consagrada a la celebración del Día Internacional del Trabajo, encontrará a Bolivia en medio de una coyuntura política y social sin parangón en la historia republicana de boliviana, aún a pesar de que algunos analistas de la realidad nacional la asemejen al período de la Revolución Nacional de 1952.
El Estado Nacional está, hoy, en manos de una agrupación política -el Movimiento al Socialismo (MAS) - que se ha forjado en las luchas sociales y cuya esencia es fundamentalmente campesina y sindical. El poder está, hoy, en manos de quienes han construido un instrumento político sobre la base de las reivindicaciones de los denominados movimientos sociales.
No obstante, los trabajadores bolivianos celebran su día signados por una evidente pugna entre el Gobierno Nacional y la Central Obrera Boliviana (COB) por el control de los sindicatos y los movimientos sociales, y por sendas convocatorias paralelas de ambos para demostrar -cada cual por su lado- su mayor0 o menor capacidad de convocatoria.
Mientras el partido gobernante busca el dominio casi absoluto de los sindicatos y organizaciones sociales para garantizar su propia estabilidad política, la COB no termina de despertar del estado de desorientación en que se encuentra sumergida por causa de su incapacidad para renovarse y caminar al ritmo de las circunstancias históricas.
Así, con el contexto de esa pulseta cuyos matices y propósitos son evidentemente políticos, parecería que nadie quiere asimilar que el mundo ha cambiado y el Primero de Mayo también.
Antes, los trabajadores salían a las calles para expresar sus demandas y consignas y entonces se constataba, de un modo patético, que la injusta distribución de la riqueza estaba propiciando una explosión política que parecía inevitable, como de hecho ya ha sucedido en Bolivia.
Hoy, sin embargo, el rasgo más patente en esta fecha está en que la comunidad obrera ha disminuido en número y ha crecido, en cambio, la desocupación; la misma que, paradójicamente, ni siquiera tiene conciencia de su condición de clase social subordinada a un patrón; porque ese patrón, no tangible, es el sistema.
El desocupado es -qué duda cabe- el protagonista más sufrido de los tiempos que nos ha tocado vivir, pues carece de toda protección y amparo. Esa, sin ir más lejos, es una realidad que se la puede constatar día a día en los mercados y las calles de todo el país, donde la informalidad sigue siendo el actor más visiblede la economía boliviana.
En ese contexto, es muy poco lo que se está haciendo para reducir los niveles de desempleo y ampliar el universo de trabajadores. Las exportaciones bolivianas se encuentran en grave riesgo de perder sus más importantes mercados y el país continúa privándose de explotar y monetizar sus inmensas reservas de gas natural. Las inversiones privadas y el empresariado nacional, en vez de constituirse en los principales empleadores de mano de obra, siguen bajo el cerco de la incertidumbre y la inseguridad.
Qué mejor oportunidad, pues, que el Día Internacional del Trabajador para comprender, de una buena vez y por el bien del país, que las reglas de juego son muy distintas a las de hace cincuenta años; que el mundo sigue cambiando a ritmo celerado y que Bolivia no puede autoexcluirse de ese proceso.