Los actos de este domingo (elección de asambleístas y referéndum) van a confirmar el temor que muchos han estado masticando estas últimas semanas. Es el sufragio de mayor incertidumbre, desconcierto y desinformación que hemos tenido en los pocos años de democracia. La información ha empezado a circular escuálidamente estos últimos días especialmente por medios masivos. Eso no garantiza mucho. La población tiene diferentes grados de acceso al conocimiento abstracto de acuerdo con sus niveles de formación y prácticas de consumo informativo.
Ni siquiera las clases más privilegiadas saben exactamente lo que significan estos actos. Aunque son las que suelen tener más acceso a la información. La preguntilla famosa del referéndum es una abstracción vergonzosa. ¿Cómo la podrá leer un recién alfabetizado por el gobierno? ¿Cómo la entenderán las personas que viven en condiciones de pobreza extrema en el campo y las ciudades del país? ¿Habrá una respuesta reflexiva?
La desinformación se ha convertido en arma para retener el poder. Unos recurren al voto consigna por el cual se estimula el instinto de rebaño. Cero información y análisis. Otros inventan falacias para amedrentar a electores indecisos sobre supuestos fantasmas comunistas y ateos que comen a los niños sin cocinarlos. Típicos errores de los que no aprenden los viejos (o jóvenes) políticos. Una vergüenza para todos. Parece un concurso de desinformación en el que ganará el que desinforme más. Pobre país.
Para el oficialismo la mejor carta es obtener el mayor número de votos para avasallar en las comisiones de la asamblea y lograr aprobaciones arrolladoras sin discusión que acaben imponiendo sus propuestas en todos los ámbitos de la constitución del Estado. Esa no es la forma de construir democracia. No podemos perder de vista la importancia de la comunicación como un paso para llegar a la concertación. Los siglos de exclusión cultural no pueden reproducirse en el sentido contrario, tal como lo proclama paradójicamente el propio presidente: "No somos excluyentes sino incluyentes".
La oposición no debiera ser tan banal en ocuparse de brujas y fantasmas que aparecen, con o sin razón en su imaginario. Lo que esperamos de todos son proyectos de sociedad. Queremos que imaginen planes de desarrollo que superen la exclusión que han consolidado las élites criollas durante décadas o siglos. Si los políticos no tienen esa capacidad que se dediquen a otra cosa. La historia puede tener un movimiento pendular altamente peligroso si perdemos de vista la importancia de lo que haremos este domingo.
No es momento de reafirmar el poder en función de la anulación del otro, sino de incorporarlo en los propios planes hacia una sociedad mínimamente más solidaria. Bolivia tiene una larga historia de desentendimientos e imposiciones. Los políticos tradicionales nos están mostrando una vez más un espectáculo poco inteligente. Beneficio propio disfrazado de mirada compasiva y filantrópica del pueblo. Viejas formas de corrupción.
Lograr que la sociedad esté bien informada es un desafío para una democracia saludable. Pero parece que preferimos vivir en la ignorancia y la irracionalidad de golpes y palos. Si no concertamos y pactamos una serie de contratos con mirada de futuro, acabaremos destruyéndonos como sociedad. Es tiempo de comunicarnos, entendernos y dejar de actuar como si la brutalidad fuese una virtud.
guardia@ucbcba.edu.bo