¿Cuál "cultura" es la que debe cambiar la Constitución, por qué y cómo? Una política cultural debería atender a todo lo que da fisonomía y carácter a la Nación, sobre todo a los esquemas de comportamiento de sus habitantes para cambiar sus modos de hacer política. Pero ese es un problema de educación que ninguna Constitución puede resolver, por hermosa que fuere
La nueva Constitución debe generar básicamente un cambio cultural, según una propuesta del Foro Cultural de Cochabamba. De acuerdo; pero depende de qué se entienda por cultura.
En un sentido sociológico y antropológico, cultura son las pautas de comportamiento que norman la forma de vida de los individuos en una sociedad determinada, y que van desde la manera de sonarse la nariz, de comer y bailar, de hacer el amor y, por supuesto, de hacer política y de corromperse. Estas pautas forman parte de la vida social, de las costumbres y de las tradiciones, y violarlas apenas acarrea alguna sanción moral, de acuerdo a la posición del infractor en el espectro social: yo puedo ser grosero y si, por profilaxis, me niego a dar la mano a un diputado, dirán que soy un patán, pero nada más. En tal sentido, todos tenemos una cultura, aún sin saber leer ni escribir, y por tanto estamos sujetos a una conducta social más o menos obligatoria.
Para los alcaldes, por su deficiente formación intelectual y estética, cultura es cemento, y se regodean con lo aparatoso que entra por los ojos y se traduce en votos, sin comprender que en las ciudades hay un pasado que se proyecta al futuro. No podemos exigir que un alcalde se duerma arrullado por una sinfonía de Beethoven y se desayune leyendo la "Estética Trascendental" de Kant; pero sí que tenga suficiente formación para saber que una ciudad no sólo está hecha de hormigón armado.
Pero más común es entender la cultura como un desarrollo, práctica o asimilación de las artes y la ciencia., o sea los alcances estéticos e intelectuales de una persona o de una sociedad y el cultivo o promoción de la música, la pintura, la literatura, la artesanía y las artes en general. Los servicios estatales y municipales creen que esto se puede cocinar en un escritorio y hacerle tragar el platito a todo el mundo. ¿Son una especie de puente entre creadores y receptores de arte? ¿Intentan masificar o "democratizar" la "cultura"? ¿Hacer que todos acudan a teatros, museos o bibliotecas o participen activamente en el hecho cultural? ¿Organizar o reglamentar festivales y espectáculos públicos para hacernos a todos artistas o, por lo menos, conocedores o gustadores de arte? ¿Atender con equidad a amantes del jazz, a fanáticos del charango, a poetas desconocidos, a cinéfilos eruditos, a escritores talentosos o mediocres, a pintores y bailarines ídem?
Lo que pasa es que las sociedades globalizadas son totalitarias: tienen un "hombre unidimensional" (Marcusse) que vive en un solo plano, como consumidor standardizado de cualquier cosa que le encajen en nombre de la cultura y del progreso. Por eso hay empresas de lucro disfrazadas de artísticas, "auspicios" que son marketing y delictivas relaciones entre grupos culturales y el poder político. Pero hay también disidencias culturales, como la de los hippies y los beatniks, y hay colisión entre lo que se llama decadente, constructivo, nacional, comprometido, revolucionario o reaccionario. Las vanguardias hacen del arte algo esotérico, incomunicable e incompatible con la cultura de masas, y nunca ha habido una frontera exacta entre lo que llamamos "ciencia" y lo que llamamos "cultura".
¿Cuál "cultura" es la que debe cambiar la Constitución, por qué y cómo? Una política cultural debería atender a todo lo que da fisonomía y carácter a la Nación, sobre todo a los esquemas de comportamiento de sus habitantes para cambiar sus modos de hacer política. Pero ese es un problema de educación que ninguna Constitución puede resolver, por hermosa que fuere.