¿En qué quedamos? ¿Tres o cuatro diputados más por ahí van a arreglar el desbarajuste nacional? ¿Otros tantos menos por acá van a estropear la equidad y la justicia? ¿O son todos unos ganapanes y debemos cerrar el Parlamento? Estas incongruencias entre el pensamiento y la acción contradicen nuestras aspiraciones e ideales, a tal punto que ni la historia ni la semántica sirven para llevarnos a conceptos claros y universales, porque las palabras del lenguaje político conllevan connotaciones diversas y carecen de referentes concretos, o sea que no son algo preciso y bien dibujado en la mente de todos.
"Democracia" no es sólo una palabra marchita y desgastada por el abuso, sino que siempre ha sido definida en términos de ideal y no en términos de realidad, de modo que en nuestras cabezas es un amasijo inconsistente. Los griegos, que inventaron la palabreja, tenían implícita la idea de representación de los ciudadanos --por lo menos de una mayoría de ellos- con el supuesto de que podían actuar libremente y reunirse ocasionalmente para establecer normas y elegir o destituir a magistrados; pero la ciudadanía era un privilegio de pocos y el gobierno era elitista. También Napoleón, el verdugo de la república, decía que su gobierno era un "imperio democrático". Estados Unidos, dizque la mayor democracia del mundo, define su forma política como un "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo"; pero en los hechos gobiernan castas políticas en nombre del pueblo y para grandes consorcios oligárquicos. En la teoría marxista-leninista, no puede haber una auténtica democracia fuera del socialismo, porque en una sociedad dividida en clases el sistema no es más que la dictadura de la clase dominante.
Simplificando, democracia es básicamente una forma de gobierno "por los más", en oposición a un gobierno "por los menos" o por uno solo, como en las monarquías absolutas. La subordinación de la minoría a la mayoría supone un régimen político asentado en el poder del pueblo; pero el problema está en la representatividad, porque ningún trono alcanzaría para todos los traseros ciudadanos, y ningún régimen puede ser democrático cuando posaderas privilegiadas se arrogan el derecho de asentarse por turno. El gran pretexto ideológico de la democracia es someter la opinión y los intereses individuales a los colectivos, como si una nación fuera un club o asociación privada de individuos con opiniones y necesidades divergentes pero que buscan algún objetivo común. La diferencia no está sólo en el tamaño, pues ningún pueblo tiene ideales claros y bien definidos, e inclusive los socios co-gobernantes y sectores de los partidos oficialistas se agarran de los pelos por minucias.
Los constantes conflictos entre gobernantes y gobernados evidencian que la democracia ha perdido sentido, si es que alguna vez tuvo alguno. ¿Por qué, si los enunciados son buenos? ¿En los usufructuarios del sistema, que lo desvirtúan; o en el sistema mismo, que no condice con la naturaleza humana? Los diputados son un mal innecesario, aunque antropólogos, sociólogos y psicólogos hayan establecido que ninguna sociedad eficiente puede prescindir de un sistema de jerarquías, que implica privilegios cualquiera sea la estructura ideológica o política. Pero queremos agravar nuestros males con más diputados, sabiendo que para maldita cosa sirven, que surgen de acto electorales falaces, sacralizando a mayorías manipulables y subordinando el voto cualitativo al cuantitativo.
Insatisfechos con nuestras viejas desgracias, queremos multiplicarlas. Somos un pueblo masoquista.