Cuando el marxismo era la moda predominante en la universidad pública boliviana, se debía cursar la materia de economía política con un enfoque preferentemente afín a las ideas socialistas. Y uno de los libros más utilizados era el Manual de economía política de Nikitin, miembro de la academia de ciencias de la Unión Soviética. De más está decir que dicho material era deplorable, por la superficialidad con la que trataba temas complejos y su exagerada carga ideológica. Básicamente sostenía que la economía del mundo encerrado tras la cortina de hierro, fuertemente planificada, centralizada y estatista, era de lejos superior a la capitalista. Naturalmente los hechos demostraron que tales aseveraciones eran sólo mala propaganda. Y claro está, se decía entre muchos docentes y estudiantes contrarios al dogma que el librito de Nikitin tranquilamente podría hacer las veces de papel higiénico, por su escaso valor práctico.
Para sorpresa de muchos, Nikitin ha sido resucitado por la izquierda indigenista del MAS. A pesar de que no ha sido presentado todavía su programa de gobierno, Evo se mandó un par de lindezas como eso de nacionalizar Entel y otras empresas capitalizadas y despenalizar la coca. Sobre lo primero es preciso reconocer que la izquierda boliviana, en general, no ha logrado evolucionar a pesar de los años transcurridos aferrándose a los viejos manuales y fórmulas de economía política de la extinta URSS. Por eso, es altamente probable que si el MAS consigue hacerse del gobierno del Estado, seremos testigos de la transformación del modelo económico bajo los parámetros que dicta Nikitin. Es decir, un retorno a condiciones que demostraron, por años, ser incapaces de administrar eficientemente los recursos.
Pero la mano no viene sola, ya que resulta intrigante qué cosa resultará del cruce de esas concepciones superadas, con las aparentemente renovadas que ha promovido García Linera desde tiempo atrás, y que tienen su raíz en el pensamiento de Pierre Bordieu. A propósito, Fernando Mires, uno de los más destacados profesores de Ciencia Política en Alemania, señaló en varias oportunidades que las elucubraciones del pensador francés son cuestionables en el contexto del primer mundo, pero definitivamente un chiste de mal gusto si se intentan aplicar al tercer mundo. Entonces, el resultado augura ser un auténtico mamarracho.
Esto no debería sorprendernos mucho, ya que escucharemos a lo largo de dos meses un conjunto de despropósitos, consignas alucinantes y ofertas extraordinarias. Así que debemos armarnos de mucha paciencia para soportar el alud de mamarrachos que se nos viene encima, no sólo desde el MAS, sino de muchos de los partidos y frentes comprometidos en la pugna electoral.
Pero si la izquierda boliviana no puede superarse a sí misma en el tema económico, su componente indígena no puede disimular el tufo sindicalista que le caracteriza. Es decir, Evo no logra todavía ser un auténtico candidato porque le pesa demasiado su condición de dirigente cocalero. No de otra forma se explica que haya propuesto "despenalizar la hoja de coca", cuando todo el mundo, el Chapare incluido, sabe que una buena parte de la hoja que se produce allí va directamente al narcotráfico. Otra cosa es el consumo tradicional y éste, por supuesto, no puede ser sancionado ya que forma parte de una larga práctica cultural. La idea del presidente del MAS es muy arriesgada para el país. Posiblemente piensa que con esta consigna consolida su ascendencia en algunos sectores rurales, pero no calcula el daño que una medida de este tipo podría ocasionar a millones de bolivianos si consideramos que somos altamente dependientes de la cooperación internacional, condicionada, por otra parte a que se muestre una verdadera voluntad de lucha contra el criminal tráfico de drogas.
Lo que preocupa realmente es que una de las organizaciones políticas con mayores probabilidades de alcanzar la titularidad del próximo gobierno muestre las señales de una miseria programática que bien podríamos bautizarla como "síndrome de Nikitin". Es decir, una combinación de ideas pasadas de moda, con otras de dudosa validez científica que pretenden reivindicar lo étnico a partir de la defensa corporativa de la plantación de un arbusto en algunas regiones del país.