Conviene a ambas naciones crear un escenario de mutua confianza y elaborar una agenda que culmine con la atención de nuestro objetivo de recuperar una salida al Pacífico.
Una vez que el actual gobierno lanzó señales con respecto a la necesidad de restablecer la normalidad de las en sí mismas anormales relaciones con Chile, el vecino país ha emprendido una ofensiva diplomática sin precedentes.
Así, en cuestión de dos meses han llegado a Bolivia comisiones de alto nivel, se ha eliminado el uso de pasaporte para el paso de la frontera, se ha condecorado a importantes personalidades nacionales, se ha presentado un proyecto de Acuerdo de Complementación Económica dirigido a reducir la brecha comercial, se ha suscrito convenios en los campos cultural y educativo, y se ha enviado misiones artísticas e invitado a delegaciones para que visiten Santiago.
Estas acciones se han visto reforzadas por el encuentro que ambos presidentes sostuvieron en Naciones Unidas y probablemente lo serán más aun con ocasión de la reunión que mantendrán en la Cumbre de Mandatarios de Sudamérica que se realiza en Brasil.
En una perspectiva de largo plazo, conviene a ambas naciones crear un escenario de mutua confianza y tener voluntad política para elaborar una agenda que culmine con la atención de nuestro indeclinable objetivo de recuperar una salida libre y soberana al océano Pacífico, condición para evitar resquicio alguno que pueda volver a deteriorar las relaciones bilaterales.
En este sentido, parece correcta la decisión de los dos presidentes de organizar un trabajo que parta de puntos factibles de resolver y se vaya avanzando hacia la resolución de temas cada vez más complejos, en cuya cúspide se encuentra nuestra demanda marítima, para cuya satisfacción se debe además consultar la opinión del Perú, que tendrá la facultad de hacer viable o no una resolución definitiva, como ya ha sucedido en el pasado. Asimismo, este proceso debe ser acompañado e incluso estimulado por la comunidad latinoamericana, conforme a la resolución de la Organización de Estados Americanos de 1979.
Corresponde en este contexto señalar que si bien es importante que haya voluntad para encarar esa convergencia, lo fundamental es que coincida con necesidades objetivas. La nuestra es indiscutible y está presente desde la guerra del Pacífico. Empero, la de Chile recién aparece con nitidez, pues, como manifiestan algunos de sus pensadores, el techo de ese país es el techo de la región, y mientras no logre normalizar y hacer fluidas sus relaciones y comunicación con todas las naciones que en ella conviven, difícilmente podrá ser sustentable su propio desarrollo.
Por tanto, no se trata de un enfoque simplemente voluntarista. Es la realidad concreta la que exige que Bolivia y Chile restañen heridas y consoliden una relación que a futuro, y solucionado el diferendo costero, tiene gran potencialidad, tanto por ser economías complementarias como porque Bolivia es un país de nexos que puede facilitar o, en su caso obstaculizar, los vínculos intrarregionales.
Si el porvenir es así de promisorio, toda ofensiva diplomática resulta buena, siempre y cuando no se crea que con ella puede haber olvido sino, más bien, búsqueda de soluciones.