Para los católicos, los santos son los varones y mujeres de quienes la iglesia ha declarado que vivieron admirablemente, y después de su muerte fueron recibidos por Dios en el Reino celestial. Uno de los principales es, por supuesto, la Madre de Jesús, que tiene diversas celebraciones durante el año. Otros son los apóstoles que enseñaron la fe cristiana primitiva, los mártires que entregaron su vida en defensa de la fe, los doctores que enseñaron excelentemente la religión cristiana con sus escritos, los misioneros que llevaron la fe cristiana a regiones de la tierra donde no era conocida, y los hombres y mujeres de diversas edades y regiones que vivieron excelentemente como cristianos. Todos ellos son personas superlativas.
Pero es extraño que en la iglesia romana, que existe como tal desde su separación de la iglesia ortodoxa en el siglo XI y de las iglesias reformadas en el siglo XVI, sólo se ha declarado santos a varones y mujeres católicos, como si la vida ejemplar no se manifestara también en otras ramas cristianas y otras religiones. Esto da la impresión de que en el cielo no hay anglicanos, ni luteranos, ni ortodoxos, ni mormones, ni judíos, ni budistas, ni islámicos, para mencionar sólo a los más conocidos. ¿Acaso la santidad no se manifiesta en otros cristianismos y religiones, que se dirigen al mismo Creador del universo? De todos modos, ¿quién decide que una determinada persona haya llegado a la santidad? Roma usa el criterio de milagros y curaciones extraordinarias para declarar santos, pero eso no viene de Jesús ni de la Biblia.
¿Por qué no se ha canonizado al amable y justo centurión a quien Jesús felicitó diciendo: "¡En verdad les digo que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande!" (Mateo 8:10). Con semejante testimonio, ¿no debería ese romano pagano ser un santo venerado por los discípulos de Jesús? O el emperador Marco Aurelio, pagano del siglo II, cuyo espíritu de justicia y respeto de la vida humana se descubre en su famoso libro de "Meditaciones". O el humilde protestante Dag Hammarskjöld de Suecia, que fue secretario general de las Naciones Unidas y recibió el Premio Nobel de la Paz en 1961, poco antes de morir en un accidente aéreo que se considera haber sido un atentado; como el emperador, Dag dejó reflexiones en un tomo que reveló su excelencia personal. O el Mahatma Gandhi, apóstol político de la India, que en 1948 fue asesinado por sus esfuerzos y sacrificios para lograr la independencia y unificación de su patria. O en nuestro continente, el extraordinario obispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, que luchó contra un gobierno corrupto y asesino. O en nuestra propia patria, el valiente mártir Luis Espinal. Es claro que todos ellos fueron seres humanos extraordinarios que estuvieron muy cercanos a Dios y que ahora están con Dios. Todos ellos han sido canonizados por Dios mismo.
Es claro que se necesita una reforma del proceso de canonización en la iglesia romana. Tal vez llegue con el presente Papa Benedicto XVI, que no sólo es la autoridad máxima en Roma sino también un excelente teólogo e historiador. Tal como se sabe que Benedicto presentará un extraordinario resumen teológico del sínodo episcopal sobre la eucaristía realizado en las semanas pasadas, tal vez podemos esperar un nuevo ritmo en el campo de la canonización. Benedicto ya ha dado el primer paso, al determinar que las beatificaciones (anteriores a las canonizaciones) no serán realizada por el Papa en Roma, como siempre lo hizo Juan Pablo II, sino por el obispo del lugar donde vivió y murió el candidato a ser declarado santo.