Hay un gran temor en ciertos círculos sociales y económicos: la posibilidad de ser gobernados por un arrivista, ignorantón e insolente, o sea por un campesino. No lo dicen así; pero, ¿sería esto lo peor que podría pasarle a un país que ha sobrevivido a dictadores y demócratas de diversa ralea? Para asegurarlo, tendríamos que saber antes cuál ha sido hasta ahora el peor régimen de nuestra vida republicana.
Sánchez de Lozada no tenía dudas: "Este es el peor Gobierno de nuestra historia", afirmó cuando era opositor, después de haber sido presidente; pero jerarcas oficialistas -a la sazón adenistas- retrucaron echándole el mismo bulto al acusador. Las víctimas, los ciudadanos, seguimos masticando un problema de padre y señor mío. ¿Cuál habrá sido, Dios mío, el peor gobierno que hemos tenido? Quizá el diablo lo sepa.
Es lógico que movimientistas, adenistas y miristas se laven las manos y cuelguen el sambenito en cogote ajeno; pero los ciudadanos tampoco podemos señalar con el dedo a uno de ellos eximiendo a los otros. Sería como achacar la mortalidad sólo al cáncer, ignorando las comunes diarreas y el aterrador sida. Por la cantidad de candidatos con grandes méritos, no es fácil hacer un ranking de la corrupción y de la ineptitud para coronar al gobernante más nefasto. Desde su nacimiento, Bolivia ha sido víctima de asaltos en cuadrilla por pandillas con diversos grados de culpabilidad; pero eso tendría que decidirlo la justicia, y no los pandilleros acusándose entre sí.
Siempre habrá peloteos entre villanos anteriores o en ciernes, y lo razonable sería esperar el veredicto de la historia, que por desgracia la escriben los ganadores y podrían salirnos con alguna paparrucha como esa de llamar Libertador Económico al culpable de nuestro desastre financiero y moral. Entretanto, ¿a quien otorgamos la corona? Por ecuanimidad, podríamos dividirla y ponerla en dos o tres cabezotas notables, con riesgo de ser injustos con Melgarejo, Víctor Paz, García Mesa, Paz Zamora o Goni, que a su turno contribuyeron con muchos granitos de arena para arruinar a este país.
Con tan larga y penosa historia, hay gente que se horroriza por un probable gobernante indio. ¿Va a robar y masacrar más que uno de corbata o uniforme? Más que temor es asco, o sea prejuicio; pero estos ciudadanos decentes y de buena familia olvidan algo más importante y peliagudo: si no pueden señalar con certeza quién fue el peor, ¿con qué criterios juzgan quién será el mejor o el peor, para votar sin cargos de conciencia? No se trata de hacer un ranking de los mejores o de los peores candidatos, sino de considerar hasta qué punto puede uno de ellos satisfacer nuestras aspiraciones nacionales, o si estamos perdiendo tiempo y dinero emperrándonos en un sistema electoralista que nunca ha dado resultado.
Nuestras aspiraciones de grupo y de nación no sólo son vagas e imprecisas, sino contradictorias y excluyentes, por factores raciales, culturales y económicos; pero todos queremos bienestar, seguridad y prosperidad, y por tanto un buen candidato deberá ser como un buen padre de familia: capaz de resolver problemas aplicando alguna forma elemental de lógica y con acciones congruentes con los fines, sin discriminar entre los hijos. Esto significa, entre otras cosas, establecer un sistema de prioridades en los fines y en los gastos, sin despilfarrar con amigotes y cómplices la plata de la gran familia boliviana.
Pero, con corbata o con hojotas, todo gobernante es peor que el anterior, puesto que a los problemas y vicios históricos heredados, añade los suyos.